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le vertieron por el cuerpo agua de rosa, y con j ibón carmesí y calzas ricas le presentaron á la reina; y era el más lindo de sus pajes, y la reina le empleó en llevar su cola de armiño, en guardar su pomo de esencias y en mullir los almohadones de su sitial. Y un día, al salir Alberte de palacio, una mujer le cortó el paso, llamándole por su nombre. Estaba descolorida, traía los pies descalzos y sangrientos, temblaba de cansancio y calentura; pero A- lberte conoció á Sabel, la fresca rapaza. ¿A. qué viniste, Sabel, si no me querías? -Yo bien te quería, Alberte, yo bien te quería... Mi padre me pegaba con un tojo y me mandaba despedirte... Así que te fuiste, lío raba todas las tardes. Dejé mi vaca roja, eché á andar, y aquí llegué. -Vuélvete allá, Sabel. Estoy al servicio de la reina. Sabel se levantó obediente. Del jardín trajo el aire en aquel moiuento olores de madreselva en flor. Alberte, sin poderlo remediar, abrió los brazos, la rapaza se echó en ellos, y así estuvieron hasta anochecido. Desde su ventana calada, la reina los veía. Al asomar en el cielo las estrellas, llamó al capitán de sus arqueros y le mandó que, sin dilación, matase á los dos enamorados. Lo hizo el capitán á cachilladas. La reina llamó al sepulturero de la catedral y dispuso qué los cuerpos fuesen enterrados: el de Sabel, en el coro, detrás de las rejas negras y dobles, y el de Alberte al pie del altar mayor, á fin de que ni en muerte estuviesen reunidos los amantes, y para que al rezar la reina sus oraciones en el misal de hojas de vitela, cubierto de miuiaturas, pudiese besar la lápida que cubría los restos del paje, después de haber pisado la que guardaba á Sabel. Y he aquí que al pasar la reina por el coro, notó que se le enganchaba el bordado velo en unas espinas; que la piedra, por sus junturas, echaba hojas. De la sepultura de Sabel brotaba la r- a z ó n de un matorral de zarza- flor y madreselva que, creciendo aprisa, trepaba por los sitiales del coro, los invadía, se agarraba con sus millares de garfios á cada escultura, y revestía la pared de follaje y pinas de menudas florecitas, pálidas como caras de difuntos. Al mismo tiempo, allá al pie del altai mayor, nacía y medraba un castaño nuevo, con una copa enorme, un tronco derecho y lanzal, y una cabellera de panochas, á modo de rizos rubios como paja centena. ¡Corten de raíz esas zarzas y ese árboll- -gritó la reina; y los cortaban de raíz por las tardes, y á la mañana siguiente estaban más crecidos, más frondosos; los rudos polonés del castaño se metían por las vidrieras de colores y las quebraban, mientras las uñas de los zarzales desquiciaban la sillería de las paredes y cruzaban las rejas dobles 3 negras. Desde el coro al altar, los brazos vegetales, extendiéndose, iban á buscarse para unirse, y al conseguirlo, las ramas de zarza y madreselva se í W enredaban en las ramas del ca. stano nuevo, se ceñían á ellas estrechamente, formando un nudo intrincado, espeso, y subiendo y ensanchando con furioso empuje que hacía retemblar la catedral entera desde sus hondos cimientos hasta las agujas de sus torres. -Vuestros pecados, señora reina, son los que ecli. an abajo la catedral- -dijo entonces enofado el buen obispo. -Haced penitencia, y juntad en un sepulcro de piedra labrada, sustentado en bulto. 9 de leales perros, los cuerpos de los que matasteis. Apenas e. stuvieron reunidos los dos cuerpos de Alberte y Sabel, que parecían de cera, y así que la reina hizo penitencia tres noches con sus días, c- 1 milagro acabóse. Sólo en el corazón de la reina siguieron naciendo zarzas, y las espinas salían por fuera del corpino y lo manchaban de sangre renegrida y espesa. ¡Alabada sea Santa María! DVB- jjos DE REGIDOR EMILIA PARDO BAZAN