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S I L U E T A S DE V E R A N O EL CROUPIER T, Casino entero está fabricado para él Es como el alma del caserón elegante, lleno de arquede campanarios esbeltos, de torres afiligranadas que suben inútiles por el aire azul, sin albergar campanas ni cobijar relojes. En el croupier se condensan todas las energías del Casino, l or él suenan las músicas en la terraza, en el salón de baile, amerengado y vulgar; por él se descorclian las botellas en las altas tnesitas del iar; susurran sedosos los trajes de las mujeres sobre la satinada superficie de los entarimados, sobre el asfalto terso de las galerías. Es como uno de esos emperadores de Oriente, que condeusan la existencia de inmensas naciones en su vivir egoísta, extraño, alejado del mundo, escondido en algún quiosco misterioso, en algún lugar remoto, donde los trabajos de millones de hombres vienen á resumirse en un ser aparte, por quien los demás aman, se afanan y padecen. I, as mauos del croupier, al pasear su rastrillo por el tapete verde, se alargan invisibles al través del espacio y recogen aquí y allá, en si tios lejanos, separados unos de otros por centenares de leguas, los frutos del trabajo de hombres blancos, de hombres amarillos, de hombres rojos, de hombres negros. Seguramente dguua vez se manchan con sangre, se enlodan con cieno; revuelven las monedas üonradas, las que rodaron hasta allí al empuje de sus aturdidos dueños, con otras que pagaron complacencias infam es, tal vez crímenes. El rastrillo las mezcla todas. Es como un crisol potente donde se amalgaman las cualidades de cada una, para crear otra riqueza distinta, un dinero nuevo, que se va fácilmente. qi: e se escurre, que huye conro un ave de paso y que es el dinero del juego Esta ganancia y sus hermanos, los premios de la Lotería, parecen intangibles, evaporables, y casi nunca anidan en el bolsillo que los recogió. Mas para el croupier esta condición no significa nada. Al contrario. Si el dinero del juego se eternizara en las faltriqueras de los gananciosos, nadie jugaría, y el croupier tendría que retirarse, que buscar otro empleo. Feliz ó desdichadamente, no sucede así, y el rastrillo funciona con regularidad todas las noches, al compás de las frases reglamentarias, monótonas, cansadas, obsesionantes: Van cien lui, V: ses. Hagan juego. Tal gana. Tal pierde. Al fin y al cabo hay que bendecir á quien inventó esta sosa letanía. Muy bien pudo trocar ís tas palabras por unos cuantos gestos que hubiesen significado lo mismo, y entonces en una- nión de trapenses habría más bullicio que en una sala de juego. Porque esta pasión, la más viva, imperiosa y dominante de todas, es al mismo tiempo la Inás callada y discreta. Quien ama, quien bebe, quien disputa, habla, ríe, canta, grita, expresa su satisfacción ó su dolor con gestos amplios, con sollozos, con carcajadas, intenta comunicar al resto del mundo las pasiones que le agitan. Pero el jugador no ha menester expansión. El demonio del juego le ciega para cuanto no es el paño verde, las monedas, los naipes que el banquero va dejando caer, lento y parsiinonioso, con leve ruido de hojas muertas. Eljugador está sordo, está mudo, es un cuerpo inerte, de donde han huido todas las pasiones menos una, que pesa sobre su alma, secándola y endureciéndola. Y este dios terrible, azar, fortuna, suerte, acaso, casualidad, llámesele como se quiera, tiene al croupier por sacerdote. El abre las puertas del templo, reglamenta el culto, recoge el incienso quemado á los pies del ídoio, es como su imagen visible, la que ejecuta los caprichosos mandatos de la deidad. Y por eso el Casino, el pueblo entero lo mii an respetuosamente, y los ojos de las gentes lé siguíin ávidos, siu ver la negra sombra que camina detrás de él. MAURICIO E O P E Z DIBUJO I) K J F R A N C É S ROBERTS