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general. Al reconocer á su Hija, los ojos, hasta allí enjutos, de la anciana, se llenaron de lágrimas. ¡Fernanda! -exclamó- ¿qué es eso? ¿Tú también estás enferma? ¡Cuánto he pensado en ti. ¿Por qué no has venido á verme? Iya joven repuso: ¿Cómo quería usted que lo hiciese? Al día siguiente de llegar usted aquí, caí en cama con un enfriamiento y ya no me he levantado más Hablaban parsimoniosamente, con esa lentitud peculiar á los paralíticos que, sabiéndose inertes, nunca tienen prisa. I a vieja agregó: -Ahora mismo sólo sufro una gran pesadumbre. ¿Cuál, madre? -La de no haberte dado un beso cuando te trajeron; yo estaba dormida y no te sentí. ¡Qué dolor! Ahora tengo la seguridad de morirme sin satisfacer ese deseo. Ni ella ni su hija, efectivamente, podían moverse. ¿Cómo, pues, aproximarse ni cómo persuadir á los mozos de la sala, hombres rudos, familiarizados con la muerte, de que debían tomarse el trabajo de ayudarlas á despedirse... Así, aun hallándose muy cei ca la una de la otra, estaban muy lejos. Serían como dos viajeros que, saliendo de una estación á la misma hora, pero en trenes distintos, no tienen, al decirse adiós, ni siquiera el consuelo de estrecharse la mano. A la tarde siguiente, el médico encontró al núm. 15 muy decaído, y ordenó le diesen á discreción vino de Jerez y bizcochos. Cuando el médico se hubo marchado, la anciana murmuró, fijando en Fernanda los ojos: -El doctor cree que me mata la enferiuedad, cuando lo que me aniquila es la tristeza. I a idea de besar á su hija fué conquistando su cerebro hasta trocarse en obsesión implacable. Este pensamiento embebía su conciencia; todo su espíritu se condensaba en él; besarla... besarla, y luego, morir... Pero ¿cómo... No lo sabía; sin embargo, estaba cierta de que aquel propósito, que hacía vibrar los átomos todos de su carne en un fanático estremecimiento de pasión maternal, lo realizaría, aun después de muerta. Yertos estañ a n sus pies, y sabrían llevarla al lecho de su hija; fríos y quietos habían de estar sus labios, y tornarían á moverse para besar á la que tanto amó... A pesar de los cuidados facultativos, la anciana continuó desfalleciendo rápidamente; los ojos brillaban apenas en el fondo de sus cuencas; perdió el habla; su cuerpo esquelético dibujaba en las colchas un perfil cortante; el seco rostro se descomponía bajo el alto frontal que el dolor y los años orlaron de plata. Transcurrieron tres ó cuatro días. Una mañana, el núm. 15 amaneció muerto... En el trasiego cotidiano de enfermos que llegaJan y de licenciados de la vida que se iban, aquela defunción vulgar resbaló inadvertida. El cadá er de la anciana fué colocado sobre una mesa leí Depósito, cubierto por una sábana y con un japel entre los dedos de los pies que acreditaba el número que ocupó en la sala de Santa Úrsula; y al otro día, como nadie se presentase á reclaiiarlo, lo transportaron al anfiteatro del Colegio de INIedicina, donde los estudiantes, guiados por esa curiosidad cruel de la ciencia, lo decapitaron y descuartizaron en numerosos pedazos. Por la tarde, los mozos encargados del aborrecible servicio de recogerlos despojos de los muertos que la miseria ó el olvido de los suyos rinden á la fosa común, advirtieron que faltaba una cabeza. Aquella misma noche, las enfermas de la sala IBU. IOS DE M É N H E Z R R Í N G A de Santa Úrsula vieron con espanto que una cabeza de mujer, una horrible cabeza cortada, en cuyos blancos cabellos había salpicaduras desangre, aplastaba ansiosamente contra la frente de Fernanda, al parecer dormida, sus labios fríos... (JUANITA lanza un grito. CI, ARA interrumpe la lectura. JUANITA. (Tapándose los OJOS. ¡Qué miedo! CLARA. (Pensativa. ¡Pobre mujer! ¡Cuánto quería á su hija! Ahí tienes un amor más fuerte que la muerte. JUANITA. (Cojí vehemencia. ¡Sigue, sigue... CLARA. (Doblando el periódico, N o p u e d e ser, EDUARDO Z A M A C O I S Continuará en el próximo número.