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JUANITA. ¡Quc escena tan imponente y tan bonita! CLARA. (Lee. ...y todos temblaban ante la posibilidad de que se repitiese la aparición de la cabeza cortada... JUANITA. (Interrumpiendo d su hermana. ¡Me irrita el descuido con que los señores periodistas confeccionan el folletín. Este debía empezar siempre con párrafo, y así la impresión de cada número sería más completa. (Pausa. Continúa... CL. ARA. (Leyendo. El hecho fué el siguiente: A media tarde llevaron al hospital una anciana que ocupó la cama núrn. 15 de la sala de Santa Úrsula. Era una viejecita débil, pequeñuca, enj u t a y sarmentosa como una momia, que se dejó desnudar y ensabanar por las dos hermanas que la acudían, sin proferir lamento. Después, entre la nieve de la almohada y el encendido color rojo de la colcha que cubría el lecho, apareció su cabeza de aguileno perfil y sus cabellos de plata simétricamente divididos sobre la frente fatigada y cobriza. Eos ojos hundidos miraban tercamente; la nariz descendía como pico carnicero sobre la línea imperceptible de los labios; una gran pesadumbre silenciosa magullaba las mejillas... Los días transcurrían uniformes y sosegados entre las paredes de aquel vasto salón, cuyo ambiente tenía ese olor acre, inconfundible, de la carne doliente. Por las mañanas, el sol que atravesaba los limpios cristales de las ventanas, pintaba sobre los muros enjalbegados de blanco grandes rectángulos de luz; la visita del médico, que, acompañado de sus alumnos, iba de cama en cama recetando alimentos y medicinas, dejaba tras sí una saludable emoción de ufanía; fulgores de esperanza incendiaban las pupilas de las enfermas convalecientes; todas hablaban á una vez; en el recio claror nimbado que invadía el salón, los lechos vestidos de rojo se recortaban alegres. Eos momentos de la tarde eran más tristes; la luz palidecía; lentamente l a s conversaciones iban amortiguándose; algo gris emborronaba el contorno de los objetos. A última hora, una hermana, inmóvil bajo sus albas tocas flotantes, dirigía un rosario que las enfermas, los ojos puestos en el suelo, coreaban llenas de unción. De noche, los murmullos se apaciguaban; al fondo del salón, iluminada por una lamparilla de aceite, aparecía la imagen de Santa Úrsula en su altarito adornado c o n f l o r e s d e trapo; quejidos dispersos rompían la penumbra muda; á lo largo de la crujía abierta entre las camas, una hermana de la Caridad iba y venía indolente y sin ruido sobre sus zapatos de paño. sOcho días estuvo sin hablar la enferma de la camanúm. 15. Silencio tan dilatado llegó ápreocupar á sus compañeras. Algunas, las más curiosas, devoradas por ese misterio que magnifica á los vivos que no hablan, la preguntaron ¿Qué tiene usted? ¿Qué siente usted? ¿Sufre usted mucho? loso de una gran multitud que pasase de pun Pero ella limitóse á responderlas con los ojos, tillas. cual si sus viejos labios, después de haber dicho JUANITA. -No perdamos tiempo; aquí está el la frase del supremo dolor, nada nuevo tuviesen periódico; lo cogí está mañana apenas lo echaron que añadir. Permanecía en actitud supina, siempre por debajo de la puerta. inmóvil, sin muecas de dolor ni rebuUos de canCINARA. -fCon interés y alegría. ¿Trae folletín? sancio, mostrando entre la albura de la almohada JUANITA. -Sí. Toma. Lee. y la cubrecama bermeja, su rostro bronceño, imQ. K- K. (DesdoUa 7 zdo el periódico. Es un folletín pasible bajo las crenchas iguales de sus cabellos precioso. armiñados y lisos. JUANITA. -iPreciosísimo! Yo, anoche, pensando ¿Qué abismos demelancolía enmascaraba aqueen él, no podía dormir. lla quietud? CLARA. ¿En dónde quedamos? Una tarde llevaron á la sala de Santa Úrsula JUANITA. -En aquello... del hospital... ¿No te y á la cama núm. 17 una joven que resultó ser hija de la enferma del lecho núm. 15. Ea recién acuerdas? llegada sufría, c o m o s u madre, una parálisis CLARA. -jAh, sí!