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malmente comprometido á hacerles una visita en Madrid durante el invierno próximo. -Entonces será ocasión propicia de dar el golpe A esta carta contestó Pizarro con otra- -modelo de claridad 3 de elocuencia- -que decía textialmente: Amigo Mendoza: Hablemos claro. Usted ime toma por otro. De quien yo estoy enaraoradq es de su hija de usted, y aún podemos entendernos si donde digo rubia pone usted castaña, y cambiamos los ojos azules por los pardos. ¿Qué más! da un color que otro? Lo esenciales otra cosa, ¿Me explico? Usted dirá. Esperando su contestación, me repito, etc. La contestación no se hizo esperar, y fué la siguiente: Mu señor mío: Usted no distingue de colores ni de otras muchas cosas. La raza de los Pizarro ha venido muy á menos y no he de ser yo quien pague los vidrios rotos. Como desahogado no tiene usted precio y se expresa con una claridad que enamora. En esto de hablar claro no he de quedarme atrás. La castaña que usted quiere no será nunca suya. ¿Cómo he de darle la castaña, cuando veo que quería usted dármela á mí? Aliviarse, y pida lo que quiera, no siendo dinero ni cosa que lo valga. Pizarro renegó de su suerte, maldijo su estrella, y el verano siguiente volvió á S a n Sebastián, persiguiendo siempre el mismo fin. Empeño inútil. El Sr. Mendoza volvió con las niñas, contó la historia en el Casino, y Pizarro, al notar que estaba en ridículo, se corrió á San Juan de Luz, donde al fin pudo atrapar una pupilera que pasaba de los cuarenta, fea, obesa, viuda dos veces, que tenía cuartitos... y una historia más accidentada y pintoresca que la Historia de España. Se casó con ella... Cuentan que perdió la gracia y el buen humor. Pero al cabo llegó adonde se proponía: á la conquista del pan. No es Pizarro el primer ejemplar de esa especie. Es posible que de la repetición constante de ese hecho inaudito venga aquello de: ¡Qué cosas liaoen los h o m b r e s por u n pedazo de pan... I definitivo; dejo el terreno bien preparado- -pensó. Y partió aquel mismo día. Corría el mes de Diciembre, y Francisco Pizarro aún no había parecido por Madrid, si bien se carteaba con el Sr. Mendoza. Según escribía, el papá seguía delicado, y él no podía, de ninguna manera, abandonar la hacienda. lyO que ocurría, en ley de verdad, era que no podía dar con la combinaciónfinancieraindispensable para trasladarse á la corte. También pensó que era arriesgado y aun temerario plantarse en Madrid haciendo un gran sacrificio, y que luego, por cualquier circunstancia, no pudiera resolver el problema. Lo mejor era asegurarse de antemano, y al efecto escribió una nueva carta al Sr. Mendoza, abriendo su pecho de par en par- -el suyo, no el de Mendoza. Desde que víó á su hija en el Casino de San Sebastián (decía la carta) se enamoró de ella erdidamcníe, y soñaba- ¡as pocas horas que podía dormir- -con sus ojos azules y sus cabellos de oro... etc. etc. D. Antonio notó en seguida la equivocación, como era natural, y se apresuró á escribir á Pizarro sacándole de su error. De quien está usted enamorado (le decía entre otras cosas) es de mi sobrina y no de mi hija, como dice equivocadamente. Mi hija es la castaña, de ojos pardos, y usted me habla de la rubia, de ojos azules, que es mi sobrina. Como yo hago las veces de su padre- -mi pobre hermano, que esté en gloria, -le concedo á usted desde luego la mano de Pepita. Mi sobrina es pobre- -cosa que no debe á usted importarle, siendo usted tan rico; -pero es un tesoro de inocencia y de bondad. De usted afectísimo... etc. FRANCISCO FLORES GARCÍA