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Í Í R A uno de los últimos días de Agosto, ó, más propiamente, una de sus últimas noches. En el Gi- an Casino de San Sebastián celebrábase lucida fiesta, y excusado es decir que discurría por los amplios salones del suntuoso edificio lo más granado de la colonia veraniega. En un rincón del salón principal había un grupo de jóvenes elegantes, entre los cuales descollaba por su verbosidad y su gracejo Francisco Pizarro, andaluz, de treinta años, arrogante figura, porte distinguido, punto asiduo (aunque no fuerte) en el treijttay marenta, é hijo de una rica familia de Morón, según voz pública. A punto de disolverse el grupo, agotadas las agudezas y las murmuraciones, acertó ápasar muy cerca de él (del grupo) un señor mayor, de aspecto grave, acompañando á dos preciosas señoritas vestidas con lujo y cargadas de pedrería. ¡Buenas mujeres! -exclamó Pizarro, fijándose más en las joyas que en las caras de las jóvenes. -Las de Mendoza- -agregó sencillamente uno del grupo. -El señor que va con ellas, D. Antonio Mendoza, rico propietario de Madrid, es padre de una y tío de la otra. A su hija le tiene asignado un millón de dote. ¿Un millón de pesetas... -No sé si de pesetas ó de reales. ¿Cuál es la hija: la rubia ó la castaña? -Tampoco lo sé; no trato á las chicas, y á don Antonio le conozco de verle frecuentemente en la Bolsa, en Madrid. -No sé por qué me figuro que la hija es la rubia. ¿Quieres presentarme á ese señor? -No tengo inconveniente. Verificóse la presentación; pero Francisco Pizarro no pudo averiguar á ciencia cierta lo que deseaba. El Sr. Mendoza, al presentar á las jóvenes, se limitó á decir: -Mi hija Pepita, mi sobrina Pepita- -sin apenas señalarlas respectivamente. -La del millón es! a rubia, no tengo d u d a pensó para sus adentros con terquedad incomprensible el joven Pizarro. Principió á charlar por los codos, mzo cnistes, dijo agudezas, contó chascarrillos, y en un cuarto de hora encantó á los tres. Estos andaluces... ¡Qué ocurrentes... -decía el Sr. Mendoza, celebrando hasta las tonterías de Pizarro p; n honor á la verdad, al Sr. Mendoza le fué tan simpático; porque desde el primer momento vio la predilección del joven hacia su sobrina, una muchacha pobre, recogida por él, y de la cual podría lalir si el rico hacendado andaluz se prendaba de ella. Pizarro acompañó al Sr. Mendoza y á las niñas durante toda la velada. Al separarse mediaron los ofrecimientos de rúbrica, y Pizarro anunció que dentro de dos ó tres días iría al notel de Londres á despedirse de aquella encantadora familia. ¿Cómo? ¿Tan pronto se marcha usted? -preguntó con asombro el Sr. Mendoza. -El mes de Septiembre es el mejor en San Sebastián- -agregó la rubia, mirándole efusivamente. -No hay más remedio- -contestó Pizarro, respondiendo dignamente á aquella mirada. -Es la época de la recolección, papá está viejo y delicado... y mi presencia es allí absolutamente necesaria. Lo cierto era que la noche anterior le habían soltado catorce negros seguidos, cuando él jugaba al encarnado; que se le había concluido el poco dinero que llevó á San Sebastián, y que ya no tenía medio humano de sostenerse allí. Porque lo de las haciendas y la recolección y el papá delicado... era pura fantasía, un cuento más de los muchos que contaba. No tenía dos pesetas. Para pasar los veranos el mes de Agosto en San Sebastián (dedicado á la pesca de una rica heredera) estaba el resto del año ideando las más intrincadas é ingeniosas combinaciones financieras. Ahora creía haber encontrado lo que buscaba: una Pepita de oro. Para que el simbolismo fuese completo, Pepita Mendoza tenía los cabellos del color del codiciado metal. Pero no quería ni debía precipitarse. Había que dar tiempo al tiempo, porque la precipitación podía echarlo todo á perder. El día prefijado fué al hotel de Londres, se despidió del Sr. Mendoza y de las niñas, redobló y marcó SUS atenciones con la rubia Pepita (lo que agradó sobremanera al Sr. Mendoza) y quedó for-