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En el jardín mis niño; Sus IVcícas risas á, mi llo; ¡an como un an 9; éiieo r u m o r Uno, su capa de torero se ciñe airoso, y mí sombrero ie sirve al olio de l a m b e r Ya en los m: cizos corretean; de üor en ilor maiáposean. P a s a n en rápido airar, ó ya, del césped en la alfombra, están sentados á la sombra del verde melocotonar. Ya se dan besos con cariño; ya- ¡versatilidad de niño! -el uno ai oiro b a e sufrir. Sus movimientos acecliando, les grito ye de vez en cuando: i- Xo Iropezaríí ó ¡Xo reñir! ¡A mas en Ilor, ángeles mies! ¡Saltad, jugad, corred, reíos ¡Sois ¡a Uegria y la ínqnielud! ¡Cómo me Í Í S haciendo viejo, m i e n l i a s me miro en vuestro espejo y a rcr, do á a m a r la juveníuri: Abriendo los bracitos blancos llegan á n d risueños, Irancos y perfumados de candor; y son dos pá. jaros traviesos, que el pico traen lleno de besos, besos iiue son pan de mi amor Mas ¡ay! al verlos tan hermosos, tan inocentes, tan dichosos, s a ü a r correr, jugar, reir, DE MEiM. N, r: aA en mí despiertan los dormidos viejos (líáorcs, los gemidos ijue el lieinpo n u n c a ha do extinguir. Era oleo encanto como ellos. No son más dulces ni m á s bellos... ¿Dó. Uiie se fué que no está aquí? listos, c a n t a n d o al lado mío! i éf, sieinpre solo, sicmjirefrio, siempre invisible para mil ¡Almas de inz. niños traviesosl ¡Sabor á Uanlo bav en mis besos, sabor á pena y soledad! ¿Qué fué do aquella flor t e m p r a n a que desde el sol de un i m a ñ a n a pasó á la eterna obscuridiid... ¿Por qué su voz á mí no llega? ¿Por qué él no salta y corre y jueira con vuestra pláci la iiusión? ¡Xi en vuestros juegos hiiy consuelü! ¡Un ángel falla en ese cieio y un m u n d o en esie corazón! No i m p o r a! Suene vucslr. i. risa. ¡fJe la niñez la alegre brisa serene el campo y el hogar! ¡Haceos fuciles, hijos míos! ¡Salt; id, lUgaii, corred, reíos! ¡Venid mis labios á, besar... Pn el jardín mis n i ñ o s j u e g a n Sus frescas risas á mi lle. Jaii eorrio u n angélico ruuior. ¡Angeles míos! Son hermosos, s n inocentes, son dichosos... ¡yue no adivinen dolor! RICARDO J CATARINEU