Patrocinado Por:

Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
ÍAÍ OW í r iji l: iit. j contra ios papas m a d r i l e ñ o s que cambiaban el lastre de sus bolsas por el z u m o d e l a s ubres mercenarias; y dejando apalabrada con el cosario la conducción del equipaje, emprendieron la cam i n a t a hacia la aldea... -Verás, mugier, verás; como pasar, non pasa nada malo. Pero ella no se daba por vencida; conocía á su hom, bre, sus camandulerías, su gramática parda... -Cuenta, Pepíu, cuéntalo todo, por! la Virgen... Gertrudis t u v o que apelar al procedimiento del sacacorchos para que P e p í n desembu: chara; un juez inf: y íerrogando inqui sitivamente, no hubiera e m p l e a d o mayores argucias en la indagatoria. ¿Era cosa de las deudas del año ¿el hambre? ¿No habían bastado á enjugarlas los fondos remitidos? Pero no, no era eso; Pepín aseguraba solemnemente haber entregado á los acreedores hasta el último céntimo... Sólo que se habían contraído nuevas deudas; el invierno muy crudo, ios comestibles caros, las necesidades cada día mayores... ¿Y tu trabajo, Pepín? ¿Non trabajaste tú, hijo? Sí, él había trabajado. Es decir... trabajó dos semanas, después de marchar Gertrudis á la corte; luego riñó con el patrón y no volvió más al trabajo; por eso tuvo que vivir al fiado todo aquel tiempo, ¡que si no... -Bueno, señor, bueno- -musitaba la triste, ¿y fué mucho, Pepín, lo que has pedido? -Mucho, no; lo duros á D. Quilino, ocho á la Telva, 20 á Tanasio... El zangalitrón, poniendo en prensa su memoria, iba contando por los dedos; en total, unos 50 duros. El cofre- fort díó un brinco en el seno de Gertrudis ante la perspectiva de una inevitable bancarrota; pero su abnegada dueña, haciendo de tripas corazón, contentóse con borrar de la lista de proyectos la adquisición del pradito de la Telva; ¡qué remedio! Tiempos mejores vendrían. -Bueno, Pepín, bu. eno; 50 duros... Pero nada más, ¿eh, hijo? Pepín bajábala cabezota; debía, además, el centeno que habían consumido... Unos 25 duros en junto... ¡Madre! ¡500 reales de centeno! -gimió Gertrudis, rebajando la vaca, presunta compañera de la Garbosa. Y, como puesto á hablar, era necesario decirlo todo, Pepín confesó que debía á la Santiaga 15 duros, importe de los cuarterones de vinazo ingeridos, porque ¿qué menos puede hacer un hombre que por dignidad no trabaja, sino frecuentar la taberna y empinar el codo de vez en cuando? Gertrudis suprimió los cerditos. ¡Virgen, cuánto gastar! Pero ¿y la Garbosa? ¿No dio leche? La Garbosa se había puesto mala y hubo que venderla... El ternerito también se vendió... ¡Madre del Verbo! No nos queda nada... ¡Nada! Pero los hijos estarán buenos... Vaya si lo estaban! Gozo daba verlos: Dositeo, hecho un mozancón, ya ayudaba á un vecino á sembrar el centeno; Rosita cuidaba las vacas de un compadre... ¿Y la nenina? ¡Mi neñina del alma! Eso era lo triste, lo más triste de todo... Como le había faltado el cuido de la madre, murióse, allá para Mayo, de una ferecía... Pepín no se atrevió á escribírselo á Gertrudis, ante la idea de darla un disgusto... Estaban en la cumbre de un altozano, desde donde se dominaba la aldea. Gertrudis se detuvo, acongojada, contemplando aquel montón de chozas, en el que tanto había soñado pensando en la felicidad, y que sólo la ofrecía inacabable miseria... Y como entonces no se cuidó de torcer el morro, ni de sorber con más ó menos fuerza, brotaron de sus ojos, enrojecidos por la emoción, raudales de lágrimas amarguísimas... DIBUJOS DE JIÉNDEZ ERINGA AUGUSTO M A R T Í N E Z OEMEDII, I, A