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-Bien, señora. A mí rae tiene sin cuidado cuanto con la viuda se relaciona. -Puede qu. e así sea, pero lo dudo. La charla se interrumpe porque los caballeros, ante el temor de denunciarse, ahuecan prudentemente. Aún sigue el palique entre las señoras solas, que, j a sin miedo, tiran á degüello á la viudita, sin perjuicio de confesar que como guapa es guapa, y que como vestir, viste bien. -Todo lo que lleva es muy bueno- -dice una de ellas. -Claro, para el trabajo que la ciiesía ganarlo- -añade otra carilativa dama del corro. -Y dicen que ha enviudado hace poco. prestidigitador luce sus habilidades, el único duro c ue cae en la bandeja es el suyo. Si se organiza una tómbola, la viuda adquiere un sin fin de papeletas. Las mejores frutas, los pescados más frescos, las más selectas verduras del mercado, van á casa de la generosa rubia. De nada se priva, y este desahogo y parte del otro la hacen odiosa á muchas gentes de la colonia. Sobre si invitarla ó no á casas particulares se riñen fieras batallas. Al fin algún honrado prestamista, representante de la moral, pone su veto, y la viuda no es admitida. Por cierto con bastante contrariedad por parte de los maridos veranieg os... Y así se desliza el estío para esta misteriosa dama, mu 3 aborrecida por unos y muy codiciada por otros. Su personalidad consiste en la murmuración de los demás. Ella permanece indiferente durante la temporada, y los que la rodean fabrican leyendas justas ó injustas, según los casos. Los que piensan mal, unas veces aciertan y otras no. Bueno es, de todos modos, que existan estos tipos equívocos en las sociedades, para que los Catojies puedan lucir su inmaculada honradez. ¡Y cuidado si hay virtuosos por esos balnearios, playas y pueblos de la tierra! Bien es verdad que á veces enseñan la oreja. A mí me ha sucedido un caso muy curioso con un tal D. Heliodoro que habitaba en una fonda el cuarto inmediato al de la viuda guapa. Presumía este señor de inflexible en cuestiones de moral. Un día encontróle en la escalera del hotel, y para tentar su paciencia hube de decirle: -Que sea enhorabuena, D. Heliodoro. ¿Por qué me la da usted? -Porque, según rae han dicho, tiene usted á la viuda gtiapa tabique por medio. -Pues ni lo sabía, ni ahora que lo sé me importa un pito. Y echó á correr precipitadamente, perdiendo en su fuga un pequeño envoltorio que en el bolsillo llevaba, Recogíle del suelo y llamé á D. Heliodoro para devolvérsele, pero fué en balde; el hombre había desaparecido. Entonces la maldita curiosidad me hizo abrir el paquete. ¿Sabéis lo que contenía... Una barrena! Oh poder de las viudas guapasl DIOU. OS DE M E D I N A V E R A -Sí; su marido ha debido ser uno de los náufragos del Sirio. Las risas se multiplican y las charlatanas cesan en sus juicios; pues como ellas dicen: Cada cual hace de su capa un sayo y Lo peor del mundo es ana mala lengua J o cierto es que la viuda guapa sigue su vida si 1 preocuparse mucho ni poco de lo que de ella se murmura. Cuando hay fiesta en el Casino, asiste desde un rincón al baile y pronto se retira. Cuando algún L U I S DE TAPIA