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B jjí Í jliY raro será el balneario, la playa ó el pueblecillo serrano donde no veranee una vntdaguapa, destinada á perturbar la paz moral tan necesaria en sitios tales. Esta muda guafa es, por regla general, más rubia que el oro. Yo no sé qué relación pueda existir entre el matrimonio y el color del pelo; pero es lo ¿ierto que á las mujeres morenas les viven más los maridos. Todas esas viudas atrayentes que andan repartidas por las colonias veraniegas tienen la caííellera üorada, y tan frecuente es el caso, que en muchos lugares se designa á la viuda correspondiente con el único apodo de la nibia. Sea del color que sea el pelo de la dama, lo seguro es que ésta, apenas llega al punto de su veraneo, acaba con la tranquilidad de los habitantes masculinos y femeninos que en la colonia viven. Los caballeros, al verla descender del coche, guíñanse unos á otros el ojo, como diciendo: ¡Valiente mujer no ha caído! ...f, I, as señoras, frunciendo el entrecejo, parecen preguntarse: ¿Quién s e r á (i ta fajara? la atacan. Aquéllos son esclavos de la belleza j SÍ Í qtcerer, se les va el Inirro en la defensa de la viuda. Estas sienten cierto temor á la competencia y cierta auvidia á las elegantes toilettes de la ruhia, y exageran la nota cuando la combaten. Ivas conversaciones que acerca de la dama misteriosa sostienen los individuos de la colonia, varían mucho, según se verifiquen entre hombres solos, entre hombres y mujeres ó entre señoras únicamente. Eos caballeros hablan entre sí de la viuda, d este modo: ¿Has visto cómo estaba esa en el Casino? -Despampanante. Yo no sé de dónde saca tanto lujo. -Eso es cosa de Rodríguez, el bolsista. Diceu que viene todos los sábados á verla. -No sé una palabra. Eo que sé es que Antúnez, que vive en el hotel colindante al de la prójima, me ha ofrecido una ventana para verla columpiarse. Creo que se pone medias caladas para el diíice vaivc n. Desde aquel momento la vúida guapa con. stituye) a sola preocupación de toda la colonia. El cuarto de la fonda en que se hospeda, la villa alquilada que ocupa, el jardín donde se recrea, son lugares misteriosos á los que la curiosidad pone estreclio cerco. La dama, comprendiendo la difícil situación en que se halla, procura aislarse, pero este mismo aislamiento convierte su vida en enigma y espolea el interés de los curiosos. Sin ella pretenderlo, engendra su presencia una guerra sorda entre los hombres, que instintivamente la defienden, y las mujeres, que sin piedad -Pues si se admiten invitados, contad conmigo. ¡A ver si se entera E rsula y tienes un disgusto! -No hay cuidado. Yo no me quedo sin saber si es verdad lo de las medias caladas. Y la conversación, sigue en este tono hasta qire Úrsula ó Filomena aparecen por el foro. Entonces, si la casualidad lo dispone, la conversación recae sobre el mismo tema, pero los términos en que se desarrolla son diferentes. Ea señora toma la palabra y dice: ¿Se sabe algo de ese fenómeno con faldas, uuv. tan soliviantados les trae á u, stedes? ¿De quién habla usted; de esa señora viuda que es tan rubia? -Sí, señor; de esa viada rubia que no es ni lo uno ni lo otro. ¡Señora, por Dios! ¿Tiene usted dudas acerca de su viudez? -Necesitaría consultar los libros del Registro. -Pero por lo menos, no me negará usted que es rubia. -Eso pregúnteselo usted al agua oxigenada. Hace milagros.