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S E N S A C I O N E S DE VERANO c EL S O L A N O Y EL Á B R E G O RAS el día caluroso que fué el de Santa Ana, se echó encima la noche, una noche de luna U J P clara y radiante. Aire hacía, aire solano, ardiente como una manga de fuego. De las casas del pueblo salía la gente á la calle en busca de fresco. Casi todos los vecinos, chicos y grandes, mozos y viejos, quiénes arrellanados en sillas bajas, cuáles en banquetas, los más tendidos á la larga en lo ancho de la calle, alentaban ansiosos de llevar una bocanada de aire fresco á sus pulmones. Era un espectáculo extraño, muy semejante al que ofrecieran las ciudades medioevales diezmadas por la peste y otras terribles epidemias. Una angustia, un malestar pesado, abrumador, nos rendía. El solano soplaba siempre, y en las eras, los gañanes, tumbados sobre la parva, aniquilados por la labor del día, no tuvieron ánimo para despachar el gazpacho. De la tierra escandecida, calcinada por el sol canicular, salía flama asfixiante, y de Oriente, abrasador, el viento agostaba las hojas de los árboles soñolientos. Cruzaban el aire los murciélagos siniestros; los grillos entonaban su monótona canción. Los pequeñuelos, desnudos, recostados contra las paredes blanqueadas, yacían, dormidos ya, con las bocas entreabiertas y el ceño contrariado por un supremo gesto de dolor. De repente, alguno de ellos salía de su letargo momentáneamente, revolvíase febril y pedía agua. -Madre, agua, dame agua. Corría de unas á otras manos una cantarilla, ó bien una puchera de barro colorado; pero el agua no apagaba aquella sed ardiente é insaciable, aquel ardor que del estómago subía resecando las fauces, que de los labios bajaba resecando los pulmones. Evocaron los viejos memorias de otras noches de calor. -Pues el año 40, ¿se acuerda usté, tío Baltasar? en tal día como el de hoy, agotóse el agua de los maniantalcs y tuvimos que dir por ella al Guadiana. Se echó el aire solano; la neblina que de la tierra subía, que empañaba el espacio y ocultaba con cendales caliginosos las estrellas, se condensó; en el cielo se puso la luna, el calor que la tierra almacenaba incendió la atmósfera, y una calma aplastante, absoluta, reinó. La vida se hizo imposible; agitábanse los pechos, los corazones aceleraron su marcha, latieron las arterias, crispáronse los dedos; algunas pobres mujeres mojaron la frente y la nuca de sus hijos, más que dormidos, congestionados. De pronto resonó un grito sobreagudo, desgarrador, y víctima de una meningitis fulminante murió un chiquitín entre convulsiones espantosas. De Levante á Poniente iluminó el espacio la luz de un relámpago; estalló un trueno, y el ábrego, el viento de la lluvia, vino empapado de frescura y de humedad; á su soplo, hombres y b? stias se estremecieron, las abatidas briznas de la seca yerba délos pastizales se agitó vivamente en las rastrojeras, callaron los grillos, la tierra entera palpitó de alegría. VIRGILIO DIBrjJO DE REGIDOR COLCHERO