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se remozó en la compañía de la juventud, y revivió al contacto de la hermosura, tal como se vigoriza el tísico respirando el oxíg- eno de las flores y el aire de la Naturaleza. I, a fuerza es quizá contagiosa como la enfermedad Y el viejo tardaba en morirse, y desesperada y sedienta, la rosa se iba secando y enfermando de la propia tristeza. Aquella fué una transmutación de vidas. La vida juvenil se traspasaba al anciano, y la vida caduca se traspasaba: já la joven. Por ley secreta de la simpatía moral, lo bueno llama á lo bueno y lo malo á lo malo. Rosa amó á un hombre como ella. Poseía la belleza exterior para ser amado y la monstruosidad interna para ser aborrecido de todo. s, menos de aquel otro ser congénere para quien la maldad era un mérito, tal vez una disculpa de la suya. Se enamoraron, y claro está que se amaron sin reparar en el impedimento que el matrimonio de ella debía poner á los apetitos. Pero esta satisfacción carnal no les bastaba. Apetecían también el disfrute libre y entero de las riquezas del marido engañado. Por ellas se casó Rosa; y Alberto, que era en todo como Rosa, proyectó á su vez salir de la pobreza por el camino de la pasión. Y el camino estaba obstruido por una vida que se dilataba más de la cuenta. El marido de Rosa murió al fin, y murió oportunamente; esto es, cuando su muerte convenía á los amantes adúlteros. Pero ¿cómo murió? Suicidado. Así constó al principio en las diligencias del Juzgado, que hubo de intervenir en vista de las circunstancias de aquella muerte por degollación. Pero ¿por qué había de degollarse un hombre feliz, muy rico, de vida regalada y tranquila, curaao de su anterior melancolía, casado con mujer hermosa, y además ignorante del engaño conyugal. Y ¿por qué no dejó la consabida carta de todo suicida previsor? Y ¿cómo pudo degollarse tan fácilmente un viejo de poca fuerza muscular? ¿Por qué no empleó el revólver, arma más fácil, rápida y segura? ¡Ah! porque el tiro suena y la detonación llama gente, y la gente puede sorprender al matador. Estas razones fueron las mismas que se ocurrieron al juez, luagistrado inteligente y perito y ducho m su oficio. Y busca buscando, indagación por acá, indicio por allá, quedó probado que el aparente suicidio fué un verdadero asesinato... ¿Quién era el asesino? Alberto entraba frecuentemente en la casa de la víctima; Alberto era codicioso, de antecedentes pésimos, procesado por estafas. Además se comprobó que faltaba en la caja del muerto cierta cantidad importante, la cual resultó en poder de Alberto, quien no tenía bienes propios, y sobre esto, entre los billetes sustraídos había alguno manchado de sangre. El asesino, descubierto y desesperado, confesó su crimen cuando no pudo negarlo. Y por robo y asesinato, con las agravantes de alevosía, premeditación, abuso de confianza y superioridad física, fué condenado á muerte. Una mujer enlutada, siempre pálida, siempre convulsa, siempre anhelante, asistía alas sesiones del juicio público. Era la viuda. La gente decía que la llevaban el amor á su marido, el odio al asesino y el deseo de la venganza. Y aun considerando trágico y fiero, aunque justo, aquel ensañamiento, se alababa la entereza y se compadecía el dolor de la mujer. ¡Cuánto j- erra el sentido popular, y qué fácil es engaiiarlo! Rosa iba allí enamorada del reo y olvidada del muerto; deseando la absolución y, sobre todo, la terminación del proceso, que era un martirio insufrible para ella. Cada vez que Alberto hablaba ó era preguntado, Rosa sentía terror profundo. No lloraba; temblaba con convulsión epiléptica que hacía llorar á los aficionados que madrugan para tomar buen asiento en los actos judiciales. ¿Por qué temblaba? ¡Qué abismo tan negro el del corazón de aquella mujer! Rosa era coautora del crimen. Ella y Alberto lo habían preparado para casarse después. Ella había abierto al asesino la puerta de la casa. Y temía que Alberto, ílaqueaiido. eu la hora de las desdichas supremas, no tuviera la abnegación de sacrificarse solo como íe había jurado. Pedía á Dios la abso- lución del asesino, pero de no ser absuelto, no le quería condenado á presidio; la existencia de aquel hombre era un peligro perpetuo. Le quería condenado á muerte, y, sin embargo, le amaba con pasión loca, Al fin, tuvo el regocijo infernal de oír la sentencia. Pero no- descansó el espíritu. ¡Qué angustias padeció desde el día del fallo hasta el día en que el reo entró en capilla! ¡Cómo maldecía de la lentitud necesaria para agarrotar á un criminal! ¡Con qué avidez leía los periódicos por si hablaban de indulto! Estaba amaneciendo el día; la atmósfera helada, el cielo cerrado y lluvioso. Eran, pues, escasos los curiosos que esperaban en las inmediaciones de la cárcel, en cuyo patio jj se ajusticiaba al reo. i Entre los curiosos estaba l a mujer enlutada siempre, siempre pálida, siempre convulsa. Se ocultó para no ser vista cuando entraron en la cárcel jueces, alguaciles y verdugo; volvió á ocultarse cuando salieron. Y allí permaneció hasta que los hermanos de la Paz y Caridad sacaron el cadáver. Solamente entonces se convenció de que la boca peligrosa estaba cerrada eternamente. Sólo entonces pudo romper á llorar, como si el terror congelado se derritiera ya en lágrimas. Sólo entonces volvió á adoi ar á su amante con aquella antigua pasión cortada, interrumpida por el instinto conserva dor de la bestia humana. El egoísmo es el amor de los amores. Y amó más y mejor, porque al amor carnal se añadía la gratitud y la admiración al silencio caballe- resco de aquel perverso enamorado. DIBUJOS DE HUERTAS EUGENIO S E L L E S