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RETRATOS HISTÓRICOS. DON LORENZO íSíJ Don I oreuzo Arrazolr) ES presidente del Consejo de ministros; en España no es m u y difícil llegar á ser presidente del Consejo de ministros. Cuando D. I orenzo se levanta por la mañana á las nueve y sale de su alcoba, comienza ya á gobernar; e. sto es una cosa terrible. T) Lorenzo sale con un g o r r i t o en l a cabeza; anda despacito; su cara está c u i d a d o s a m e n t e afeitada; sólo unas patillitas cortas, estrechas, claras, descienden desde sus sienes por el lado de las orejas. D. Lorenzo entra en su despacho caminando l e n t a m e n t e un poco encorvadito; en él ya le espera Remigio; éste es su secretario particular, el hombre de su confianza. -Buenos días, D. Lorenzo- dice Remigio. I) Lorenzo se detiene ante la mesa, tosa un poco, acaricia instintivamente un libro y dice: ¿Qué hay, Remigio? ¿Qué tenemos hoy? Remigio se pone serio, grave, como quien va a dar una noticia sensacional, desagradable; él la trae, en efecto, y es preciso que se la comunique á D. Lorenzo. -D. Lorenzo- -dice Remigio- -ocurre algo grave; esta noche pasada, en Córdoba... Pero antes de que Remigio acabe de decir las cosas estupendas que han ocurrido en Córdoba, D. Lorenzo, que h a estado tirando del cordón de la campanilla sin que la campanilla sonara, exclama un tanto indignado: ¡Caramba, hombre! ¡Yo no sé cómo no arreglan esto! Lo que quiere D. Lorenzo es que le traigan el desayuno, y como la campanilla no funciona, Remigio sale y va á avisar. Al cabo de un momento torna éste y viene también una criada con un ancho tazón de café con leche y unos bizcochos. D. Lorenzo principia á desayunarse y Remigio comienza otra vez á contar los sucesos tremendos de Córdoba. -Decía á usted, D. Lorenzo- -prosigue Remigio- -que en Córdoba han ocurrido en la noche pasada graves sucesos. Dicen las noticias que se acaban de recibir que... Y al Uegar aquí Remigio, D. Lorenzo lanza un pequeño grito; ¡Caramba! ü s que uno de los bizcochos que había mojado en el café con leche y que y a sc llevaba bien empapado á la boca, se ha roto casi al Uegar a ella, ha caído pesadamente y ha manchado i n libro de la mesa y salpicado la levita de D. Lorenzo. ¡Caramba! -repite apesadumbrado D. Loren- zo. ¡Yo no sé- -añade- -de qué hacen ahora los bizcochos! Y entre él y Remigio comienzan á limpiar el libro manchado y luego las salpicaduras de la levita. Esta es t; na de esas l i g e r a s contrariedades, que no representan nada, que no son nada, pero que nos llenan de malhumor y que durante un largo rato, á pesar nuestro, hacen que no pensemos más que en ellas. Las manchas de la levita de D. Lorenzo no desaparecen del todo; es preciso qTie Remigio vaj a á buscar á la alcoba un poco de agua. ¿Por qué habrán caído estas manchas en la levita de D. Lorenzo? ¿No es esto verdaderamente d e s a g r a d a b l e? Cuando Remigio ha acabado de fro ar y rsfrotar las manchas, se dispone como es natural, á continuar su relato. -Decía, D. Lorenzo, que anoche en Córdoba... Pero la criada que ha traído el tazón de café aparece en este momento para retirar el servicio. -Mira, mira, Isabel- -le dice D. Lorenzo señalando las manchas de su levita. -Mira estas manchas que han caído ahora; me voy á quitar la levita y la lleváis al tinte, para que esté aquí esta tarde misma. D. Lorenzo entra en su alcoba, permanece en ella un momento v luego sale vistiendo otra levita y con la manchada en la mano; un reloj suena con diez sonoras campanadas; un cuquito se asoma y dice: Cu cu cu- cu cu- cti... ¡Hombre- -dice este viejecito D. Lorenzo, -las diez! Las diez es la hora en que D. Lorenzo tiene una cita trascendental con un personaje importante; comien- zan él y Remigio á andar hacia la calle; el coche espera en la puerta para llevarlos á la Presidencia del Consejo. Cuando D. Lorenzo ha subido y se ha sentado en él, Remigio que está subiendo y que va á sentarse también, se dispone una vez más á hacer el relato de los terribles sucesos ocurridos en Córdoba. -Lo que ha ocurrido en Córdoba esta noche pasada- -dice- -ha sido que... Pero Remigio no puede continuar. ¡Diablo! -exclama D. Lorenzo. Es que D. Lorenzo se ha acordado, al tentarse los bolsillos, de que la cajita de pastillas para la tos que él usa, se ha quedado en la otra levita; uo puede D. Lorenzo pasar sin estas pa. stillas, y Remigio baja del coche y sube corriendo las escaleras para traerlas... AKOKÍN