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mérito, el pueblo más inteligente, eran los que andaban más prestos en la labor del campo, los que más corrían en persecución de la caza, los que más nadaban ó remaban en busca de la pesca. Y así vivió el pensamiento, mientras la humanidad, contentadiza, sobria, inocente, pacífica, con la paz de las necesidades satisfechas y de las ambiciones dormidas, se cuidó solamente de vivir. Pero llegó el mal tiempo en que se cuidó de matarse. Las pasiones personales, las codicias políticas, los intereses populares, los rencores de razas, las supersticiones de religión, engendraron la guerra, de hombre á hombre, de familia á familia, de tribu á tribu, de pueblo á pueblo. Y en el largo período guerrero la pujanza era talento, era sabiduría merecedora de admiración, y hasta gentileza merecedora de amor. La vida no era para gozarla, sino para perderla. Desde niños se criaba á los hombres en los ejercicios de la fuerza, no para que vivieran mucho, sino para que mataran mucho. L, á conquista era el titulo de la propiedad; el botín, la hacienda; el desafío, la prueba del honor; el combate, la administración de la justicia en el juicio de Dios; el torneo, el agasajo con que se rendía el corazón de la dama amada. Todo se pretendía ó se ganaba con la fuerza, á punta de lanza ó tajo de espada. Toda actividad, todo invento, todo arte, se dirigían al oficio de la guerra y desarrollo de sus medios. Y entonces el pensamiento se situó en los brazos, y el hombre pensó con ellos durante los negros siglos de la barbarie. La humanidad se desmaterializó á medida que progresaba, y á la luz de la filosofía cristiana reconoció en si un espíritu y vislumbró otra vida inmortal. Siguió guerreando, pero á veces sus guerras, aunque conservaran su carácter bárbaro por sus medios, tomaron u n c a r á c t e r idealista por sus fines. Bl hombre peleaba por defender su fe, por imponer sus dioses. La sangre derramada parecía azularse con los colores del cielo, y el vaho de ella parecía un incienso quemado en holocausto á las divinidades. No todo eran lanzas y espadas, instrumentos de matanza s a l v a j e Al frente de ellas iban la cruz ó la media luna, símbolos de las contrarias creencias de los espíritus. Y entonces el pensamiento se concentró en la fantasía, y el hombre pensó con la imaginación. La imaginación de la vida ultraterrenal y de las cosas que no son de este mundo: fué la época idealista, soñadora, romántica, de la fe religiosa. El guerrero invocaba el nombre de Dios al entrar en batalla, y mataba en nombre de Cristo, apóstol del amor humano. Erigía templos en conmemoración de las victorias, fundaba obras pías con el botín, moría soñando con la eternidad, y yacia bajo la estatua armada en los sarcófagos de las capillas señoriales. Y el hombre que no guerreaba, vivía en la imaginación de escuelas filosóficas, políticas ó religiosas con que mejorar la sociedad ó la vida del espíritu. Y así pensó con la fantasía la edad moderna. La presente... la presente es la edad positivista. Todo su pensamiento ha pasado á residir en el estómago. Vuelve á materializarse como entre los hombres primitivos, con la diterencia de los refinamientos exteriores. Pensábase entonces sólo en la satisfacción de las necesidades; se piensa ahora en la satisfacción de las necesidades v además de los. placéres sensuales, bien que toda necesidad satisfecha sea un r lacer gozado. El hombre es un salvaje elegante, vestido con sedas y lanas finísimas en vez de pellicas, v adornado con piedras preciosas en lugar de las plumas. La actividad, las ideas, las invenciones van derechas á la cocina, á la despensa, al dinero que las surte, al bienestar de la materia, á la comodidad de la existencia. La riqueza es talento; el arte de vivir bien, sabiduría suprema, merecedora de la alabanza pública. Recapitulando la historia del pensamiento de la Iiunianidad, se ve que ha aparecido erráticamente en los pies, en los brazos, en la imaginación y en el estómago. Y que los hombres para admirar y las mujeres para amar, han dicho, sucesivamente: ¡Qué bien anda ese hombre! ¡Qué fuerte es ese hombre! ¡Qué religioso es ese hombre! ¡Qué bien come ese hombre! Entendiéndose que en el bien comer van incluidos, naturalmente, los recursos para ello y las demás ventajas y comodidades que lo acompañan y lo siguen como complemento lógico. Porque no sólo de pan vive el hombre. EUGENIO SELLES DIBUJOS DE MÉNDEZ BRTOGA