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t m media sutil de seda deja transparentar la carne nacarada... ¡Vamos, Pepita! repite D. Cristóbal dando un golpecito en el atril. La orquesta comienza á tocar y Pepita tose un poco, hace revolar su mano como una mariposa sobre los rizos de su frente y canta con una vocecita cristalina, de pájaro: Salta Aquiles los muros de Troya y gana el lauro del vencedor: si hasta el cielo llegara esta tapia, la escalarla tamhién mi amor. Al llegar á estcpunto, D. Cristóbal grita dando unos fuertes golpes sobre el atril: ¡No, no; no es eso! Y luego cuando ha callado la orquesta, don Cristóbal canta dando grandes voces y moviendo los brazos violentamente: Salta Aquiles los- mtiros de Troya y gana el látiro del vencedor... RETRATOS HISTORl COS DON CRISTÓBAL Nuestro querido amigo D. Cristóbal Oudrid coge su sombrero, se pone sus botitas de charol reluciente y se marcha al teatro. El teatro está medio á obscuras; es por la tarde; en el techo se ven unas lucernas que arrojan á la sala un pálido resplandor de sol. Cuando llega D. Cristóbal al teatro, todos los músicos de la orquesta están haciendo probanzas con los instrumentos; los violines hacen: ti, tüi, ti; la flauta hace: ta, tara, tara; el violoncelo gime: tú, tuuú, tú; el grave y solemne violón zumba: tó, tooó, tó. En el escenario hay varios señores sentados en sillas de paja; tino de ellos, algo gordo, tiene colocado el sombrero de medio lado y con el dedo índice de la mano izquierda- -lleno de gruesos anillos- -sacude de cuando en cuando la ceniza del cigarro. D. Cristóbal ha llegado con su paso menudito, saluda á todos y se quita el gabán. B u e n o dice después; -vamos á ver si hoj adelantamos algo. Se sienta D. Cristóbal en un asiento elevado que se ve en el centro de la orquesta y todos los instrumentos, los violines, los clarinetes, los violoncelos, el grave violón, van apaciguando sus voces, callando. A ver, Pepita- -añade D. Cristóbal dando un golpecito con la batuta en el atril; -á ver, Pepita, si queda bien, ante todo, la escena segunda. Pepita se ha adelantado hacia las candilejas; vemos unamuchacha esbelta, fina, que se cimbrea al andar; es morena; tiene la tez de ese tenue, suave color bronceado, que tan raro es encontrar y que da á algunas partes de la cara un maravilloso matiz de ámbar; unos rizos sedosos, que parece que son movidos ligeramente por un viento invisible, se adelantan sobre las sienes de Pepita, y en sus pies, sobre la delicada arcatura, en el escote del zapatito de charol, una Tenga usted en cuenta, Pepita- -añade D. Cristóbal- -que usted representa un papel de hombre, que acaba usted de saltarlas tapias del jardín para ver á su amada, y que esto ha de ser dicho con más vivacidad, con más picardía. Y D. Cristóbal añade dando otro golpecito: ¡Vamos otra vez! Comienza á tocar de nuevo la orquesta y Pepita canta: Salta Aquiles los fmtros de Troya y gana el lauro del vencedor: si hasta el cielo llegara esta tapia la escalarla tamhie n mi a? nor. ¡Bien, bien! -grita D. Cristóbal sin dejar de dirigir la orquesta. ¡Adelante! Pero unos recios, unos formidables martillazos suenan de pronto en el fondo del escenario; es imposible entender nada; Pepita se detiene; calla la orquesta de pronto y D. Cristóbal grita un poco enfurecido: ¡Antonio, Antonio! ¿Qué escándalo es éste de todos les días? ¿Es que no vamos á poder ensaj- ar en paz? Aparece en el fondo, casi sumido en la sombra, un maquinista con un grueso martillo en la mano. Perdone usted, D. Cristóbal- -dice- -pero es que hay que poner la decoración para el segundo acto. ¡Hoinbre, no, caramba! -exclama b Cristóbal. -Entonces, ¿cuándo vamos á ensayar nosotros? Y luego comienza otra vez la orquesta á tocar y D. Cristóbal hace una seña á Pepita. Y Pepita canta con su voz adorable, melodiosa, de pajarito: Salta Aqií- iles los muros de Troya y gana el lauro del vencedor... Y cuando el ensayo ha terminado, D. Cristóbal se despide afectuosamente de todos y se marcha con su pasito corto. Es ya casi de noche. D. Cristóbal compra un número de La Nación que acaba de salir con el extracto de un discurso maravilloso de Ayala, y se marcha un rato al café de Pombo. AZOBÍJí