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El catiiino se elevaba recto coiuo un brazo extendido. Bienaventurados les pies que huellan estos senderos de la luz. iBienaveriturados los ojos que alcanzan á admirar estas rutas floridas iP. ienaver. turadas las frentes que se alzan ante las cumbres. V bienaventuradas las almas que, con fortaleza de cíclope, marchan bacia la altura á ser hermanas de los cielos. El vidente dijo esta oración con voz dulce, como flor de salvia. Y emprendió un caminar lento, levantando una nube de pétalos de jaramagos como polvo de oro. Atrás quedaron el sol que nacía en Oriente, las vifías cargadas con la frondosidad de sus pámpanos 3 sus opimos racimos, y también los campos de trigo, magníficos y abundantes. Mas por dejarlos atrás no sentía pesadumbres el poeta, seguro de que en el atardecer saludaría al sol en Occidente, ya próximo á morir en el augusto y recóndito seno de 1 a noche. Bl era sólo amigo de las cosas resplandecientes y j radiantes. Los trigos y las viñas podían quedar para los que en la hartura y complacencia de la carne encuentran el desbordado venero de sus goces cumplidos. Para los que en la ancha faz de la tierra, con las lindes y los setos y los portillos, mantienen por todos los siglos la eterna defensa de la heredad que debiera ser patrimonio de todos. Quédense para los amantes de la sombra, para los adoradores de las cosas perecederas. El hijo de la luz iba á integrarse con todo su amor y toda su sabiduría en el seno de la claridad infinita. Y no se apartó del camino florido, con toda la omnipotente fuerza S de sus ansias de vivir. A la mitad del día, el sol, desde el zenit, ahuyentó todas las sombras de la tierra, y hasta las arboledas y los lejanos caseríos se hallaban esplenderosos. y El poeta, miíando hacia lo alto, se bino ios pies en el sendero, y padeció sed teniendo las fuentes bien cercanas. De una de ellas salió un cantar rimado con ios acordes de los claros chorros del agua que fluía, y tras el cantar apareció una moza tan clara como el agua y tan reluciente. Apartó el poeta sus ojos de los cielos, y mirándola, vio en ella una cumbre tan alta como la más alta de las de Occidente. ¡Aún estando la moza en la llanura! El cantar decía: Ven, hermano, á gozar del amor. El es alto. El es padre de la luz. Los que amen no llorarán ni padecerán rigores ni inclemencias. Y se redimirán de todas sus culpas Ven, hermano, y goza del amor. E 1 amor es dulce como esta limpia agua de la fuente, y claro como el sol que ahuyenta las sombras, y perfecto como la vida y como la fruta del peral que floreció en Abril, sazonado. Ven, hermano mío, tú, como el amor, alto; como la altura, luminoso. Y tendiéndole los brazos, que eran como guirnaldas de rosas recién cortadas y aún con el rocío, le dio á beber en el hueco de las manos agua de la fuente, cuyo manantial brotaba de entre las raíces de una vetusta higuera, también con fruto en sazón. Y el poeta sació toda la sed que había sufrido con angustia. Mas hallándose tan cerca del amor, vio cómo todas las cumbres se habían tornado pequeñas y que él estaba á punto de tocar con los cielos por la gracia de una sola caricia de las manos de la amada ó un solo cantar de su boca. Y allí, tan levantado, tan lleno de admiración y aún más de donosura y de sabiduría, rimó entonces el poeta su cantar, también acordado con la música de las claras aguas de la fuente que cercanas fluían. ¡Oh, amor, la cumbre más alta que toca cou los cielos Tú estás perennemente coronado por la luz del sol. De tus labios de. stua miel ae salvia, miel de azahar, miel de romero. Tú tienes todo el espíritu del Abril florido y del Junio abundante. Solamente hay caior cuando tú acaricias, y música solamente cuando cantas. ¡Oh, altísima cumbre, que toca con los cielos! E 1 sol está ahora en la mitad de su carrera y no hay en ti ni Oriente ni Occidente preferido, porque en ti, ¡oh altísima cumbre! siempre el sol está en alto y ni nace ni muere. Y tú, bendita seas, hermana, que tan sabiamente has sabido acortar los caminos. Ya no veo los senderos que me llevarían á las otras altas cumbres. Yo no sé si el sol me ha deslumhrado ó el amor ha querido que sufra ceguera. Iias estoy en lo alto de la cumbre más levantada. JOSÉ MUÑOZ vSANROMAN Ü I B U J O S Ü E M É N D E Z BUINGA