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A pulga, la pulga, No pido á nadie que se cante el famoso couplet del género ínfimo, ni tampoco voy á lanzar sus desgarradas notas desde estas pulquérrimas columnas... Deseo, sencillamente, exponer cuatro vaciedades ó ligeras consideraciones dedicadas al miserable parásito que aumenta las molestias veraniegas. Ya sé que sería más útil, más práctico y más beneficioso escribir una simple receta que terminara con la insufrible plaga; pero yo sólo puedo saltar y picar en este tema de actualidad eterna, para llenar de ronchas dos ó tres cuartillas, como cumple á todo escritor ligero é insignificante. Sobre la pulga, considerada desde todos los puntos de vista imaginables, podría escribirse un volumen en 4.0 prolongado, de 500 páginas, más LXIII de apéndices. Y en el capítulo dedicado á su psicología, tal vez su autor no descubriese en qué consiste la bondad y la maldad de la pulga. La cuestión es más interesante de lo que parece; pues al aceptar la frase tener malas pulgas aceptamos también la división de esos insectos en buenos y malos, y conviene saber sus diferencias. Malas pulgas son, para el hombre, aquellas que le pican y le molestan mucho; mas si la misión de la pulga es picar, la que más pique será la mejor de su familia. (Familia de los pulícidos, sección de los afanípteros, orden de los dípte i ros, Diccionario Enciclopédico Hispano- Americano. Tomo 16, página ¿5 2, 2 A columna. Lineas 10 y siguientes hsL vanidad y el egoísmo que caracterizan á su especie, hacen que el hombre se moleste con la pulga como con todo ser que le causa la más pequeña contrariedad. Sacrificando á tantos animales inocentes para nutrirse, se indigna cuando le llega la vez de servir á otros seres de alimento. Y al considerar su impotencia para librarse de ellos, se pinta en su semblante un gesto mezcla de sorpresa, de rabia y de amargura, digno de ser inmortalizado por un genial artista. ¿Qué sorpresa comparable á la que causa una pulga cuando va y viene, salta y brinca, aparece y desaparece, picando sin piedad en nuestras carnes? Su irritación, consignada por la ciencia- -que no se desdeña en hablar de tales pequeneces, -aumenta la initación de su víctima y la ocasiona una rabia que no se aplaca ni aun con el virus correspondiente. Y al pensar que nada podemos contra un enemigo tan consistente como ridículo, una inmensa amargura se apodera de nuestro ánimo y nos hace caer en el mayor de los desalientos... Yo encuentro cierta discreta enseñanza en la moraleja de la famosa fábula que picó nuestra imaginación en los sencillos días de la infancia... Cuando la pulga se apea del camello, cargado y dolorido, diciéndole con tono protector: ¡delpeso te alivio yo! la pulga ha llegado al ideal que recomendaba la inscripción del templo deifico. Y al contestar el camello ¡gra-