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Con el rojizo claror de los primeros faroles encendidos, coincide otro paisaje Son las ocho de la noche y el sol ag- oniza en Occidente entre los soberbios lampos polícromos de su paleta maravillosa. Las arterias capitales de la gran urbe retiemblan con sacudimiento regocijado. Por la calle Alcalá vuelven del paseo centenares de coches aristocráticos que dejan tras sí una sutil nubecilla de polvo dorado por la luz crepuscular; en la Carrera bulle un enjambre humano, elegante y vagabundo, donde todos se conocen de vista Invade la terrasse de los cafés, poco antes vacíos, un público heterogéneo compuesto de veraneantes rezagados, de bolsistas, de actores que salen del ensayo, de empleados que se apresuraron á dejarla oficina. La juventud se coge del brazo y luego se desparrama por las calles solitarias; los metódicos, que cenan á una hora fija, apresuran el paso. Sobre el fondo obscuro, un poco severo, de aquella multitud masculina, vestida de negro, las nubiles que prometen amores lucen sus trajes claros, y van alegres, ilusionantes, como sonrisas de un porvenir cercano. También pasan las obrerillas avispadas, mirando curiosamente aquel mundo rico y holgazán que siempre observaron desde lejos. Son las raismas menestralas que horas antes vimos camino del taller; pero ya sus cabezas están peor peinadas, sus ojos tienen menos luz, sus mejillas menos color, sus labios más tristeza, sus cuerpos menos agilidad 3 entono, cual si sus almas, vencidas por una dilatada y cruel labor, sintiesen al cabo la tristeza lancinante, recónditaj de ser tan pobres. Y mientras la sociedad que vive de noche mira con interés al mundo trabajador y honesto que no sabe de sedas y se acuesta temprano, ellas, las obrerillas, inspeccionan el cuadro, y en sus ojos llamea esa ansiedad curiosa que la noche, con su leyenda de perversidades y de amores, inspira á la inocencia. 43 i- t á M iíí- Son las once de la noche; la fisonomía de Madrid ha cambiado. Ya no es el pueblo diligente y trabajador que madruga con el alba, ni la ciudad cansada y soñolienta del mediodía, ni tampoco la multitud burguesa que sale de su oficina y, antes de retirarse á cenar, se detiene á beber en un café, mientras comenta los vulgares incidentes de la jornada, un vaso de vermout. Es un mundo ocioso y extraño; el mundo de los noctámbulos que caminan lánguidamente y cuyos espíritus amorales, prendados de cuanto la vida moderna tiene de antihigiénico y contrahecho, aborrecen la existencia saludable del campo. Es el mundo de los trajes de frac, de las faldas sedeñas que o va. o frufrutar por las escalerillas alfombradas de los palcos, de las gargantas presas en cintillos diamantinos, de las manos inactivas y principescas cargadas de sortijas, de los sombreros adornados por luengas amazonas tremolantes y que abren sus alas sobre rostros blancos, exangües, como marchitos por la constante caricia fría de la luz artificial. Madrid ce divierte. Los cafés y los casinos evocan en el espíritu recuerdos de tentaciones múltiples y fuertes; grandes arcos voltaicos resplandecen ante la fachada de los teatros; en las callejas obscuras las tabernas detienen al trasnochador con la sonrisa incitante de sus cortinillas, cortinillas rojas que ejercen sobre el espíritu abúlico de los bebedores atracción fatal; los faroles, parpadeando en el hechizo negro de la noche, invitan á caminar sin rumbo. Es la hora de la aventura; el eco de nuestros pasos produce emoción penetrante; algo magnético nos envuelve, nos empuja, nos sigue, obligándonos á volver la cabeza; algo atávico, sombra de antiguas edades, que parece acechar tras el misterio de las esquinas. El invierno limpio y aristocrático, el invierno que no suda y viste pieles y arrastra sedas, me cautiva por la noble distinción de sus diversiones y la actividad fecunda de sus luchas. Pero también estas noches de Agosto son admirables: noches augustas, calmosas, llenas de extrañas voces cósmicas, en que las estrellas que vieron apagarse millares de siglos, pacifican el ánimo hablándonos, desde las remotísimas lejanías eternales, de cosas inmensas... EDUARDO Z A M A C O I S DIBUJOS DE MKNREZ BRINCA