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savia analéptica, comunica á los músculos elasticidad y vigor. Los parques ofrecen á la infancia madrugadora sus brazos de verdura, y bajo la sombra de los árboles, las fuentes, con sus ondas peregrinas que vienen de muy lejos, cuentan alegrías. Todavía la ciudad duerme; los comercios reposan fatigados por la batalla de la víspera; las ventanas permanecen dormidas, misteriosas, como párpados cerrados; en los minúsculoís jardines aéreos de los balcones, las hortensias, las rosas, los geranios magníficos y los claveles ardientes, tienen el gesto cautivador de los poetas, de los dulces poetas, bellos é inútiles. Transcurren pocos minutos; el día avanza rápido; el sol pone cegadores centelleos diamantinos en los cristales de las buhardillas. Un enérgico estremecimiento vital conmueve las calles; las estaciones de ferrocarril despiertan; los mercados levantan el clamoreo barroco de sus pregones; en los mataderos las reses caen bajo el martillo implacable de los matarifes, y la sangre, humeante, tiñe de rojo los fócalos de blancos mármoles; los establecimientos abren con estrépito sus puertas de hierro; en los andamies los albañiles riman con el golpear cadencioso de sus llanas la canción d l trabajo, y por las aceras, las obrerillas caminan diligentes y felices hacia el taller. Tos que por motivo de profesión y de costumbre vivimos de noche, no olvidaremos la impresión que una vez nos causó esa multitud femenina sobre cuyas mejillas el aire de la mañana, que dio frescuras inmarcesibles de mocedad al rostro de Niñón, dejó carmines de salud. Yo vi á esas muchachas pasar en grupos, revoltijeras, ilusionadas y alegres, como una página de filosofía optimista; el vigor acumulado durante una buena noche de descanso, hermoseaba sus figuras. Ta vida es dulce... repetían aquellos ojos candorosos bañados en luz, aquellas cabecitas recién peinadas y abrillantadas por la bandolina, aquellos labios traviesos llenos de risa, aquellos cuerpos tempranos y mimbreantes sacudidos por el festivo y seguro trajín de los píes. Y tan animado desfile de figuras era la afirmación consoladora de que el trabajo, que sostiene la vida, es himno de libertad, de fuerza y de esperanza. Pronto, sin embargo, cambia el paisaje; el día continúa su curso impasible, y á las horas ágiles, activas y risueñas de la mañana, suceden las horaü lánguidas, somníferas de la siesta. Madrid, tan animado momentos antes, adquiere la quieta fisonomía de una ciudad morisca. Bajo el cielo tórrido de Agosto las calles parecen retorcerse como brazos en un ademán de supremo desperezamiento, y ante los zaguanes umbríos las puertas se entreabren cual en un bostezo. Reverbera el sol sobre el asfalto; cae la brisa, el aire quema; los caballos de los coches de alquiler alargan el cuello, humillan la cabeza buscando por el suelo alguna frescura, y el seco ruido de sus cascos piafantes rompe el silencio. Los transeúntes caminan desmayadamente, con langores de enfermo, y acercándose á los muros para esquivar el abrazo apesgante del sol; en la terrasse de los cafés, bajo la penumbra suave de los toldos, algunos desocupados beben cerveza. Sólo los tranvías eléctricos, con sus entrañas mecánicas, insensibles á la fatiga, van y vienen al través del ambiente luminoso. Caracteriza este momento del día la falta de niños, á quienes el miedo á la insolación confina en el fresco secreto de las habitaciones obscuras. Todo reposa: duermen la siesta los que nada tienen que hacer; los albañiles descansan á la sombra del andamio; en los talleres la velocidad del trabajo disminuye, porque la modorra astuta del calor ensoñolenta los ojos y obscurece el cerebro y cautiva las manos con hilos de pereza y esparce por los miembros el beleño sedante de la laxitud; los dedos activos del cajista maniobran mal; el martillo del herrero cae sobre el yunque y se levanta con trabajo penoso; el sudor moja las frentes; en el silencio de las oficinas las plumas garrapatean despacio. Son estas horas de horrible aburrimiento; horas pesimistas, largas y uniformes, que hacen d é l a existencia una hostil cuesta arriba...