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LOS JUGUETES. IL ü LOS AROS talN la perspectiva barroca de figulinas y de colores que ofrecen los bazares de juguetes, los aros, los pobres aros colgados del techo por racimos de diámetros diferentes, suelen quedar inadvertidos. Y no obstante, esas triviales cintas de madera curvada son como aquellas narraciones en que el espíritu exquisito de Andersen ocultaba, bajo apariencias dulces y fáciles una lección de vida desesperada y taladrante. Los roma, nos representaban á la diosa Fortuna por una mujer en pie sobre una esfera diáfana. Un aro que da vueltas es eso y algo más: es la vida entera del hombre peregrinando perpetuamente por la selva dantesca de sus quimeras; y es también la Naturaleza que gira, el cosmos fei evolucionando, transformándose, muriendo para rena cer, devorándose á sí mismo en una ansia implacable de infinita perfección. El aro es un juguete aiegre, un juguete de primavera; h a y en él algo alado de golondrina ó de mariposa, una sed de oxígeno y de sol, una necesidad de hender el ambiente perfumado y lleno de luz. La mañana es hermosa; por entre las verdes alfombras del parque y los macizos de flores, las vereditas enarenadas ondulan flexibles y graciosas; las fuentes hechiceras balbucean su canción, esa eterna canción de i recuerdos y de adioses que entristece á los viejos; al í través del tupido follaje de los árboles, donde los pá jaros se buscan piando, penetran rayosjubilosos de sol! que tienden columnas de oro sobre el fondo esmeralda; en una plazoleta, una manga de riego en actividad dispara, bajo el cielo de añil, un chorro deslumbrante de plata. La infancia juega; invade el espacio una abi. garrada 1 sinfonía de voces pueriles; las niñas pasan corriendo, empujando sus aros: ellas forman las avanzadas de una humanidad que va acercándose, y nimbos indescripti; bles de gracia exaltan sus cabecitas, inspiradoras de I novelas no escritas y de futuros dramas que nosotros i no hemos de ver. Unas visten de blanco, otras de rojo; sobre los hombros, las cabelleras negras ó rubias, alborotadas por la brisa y el esfuerzo de la carrera, se agitan con flameos de despedida. Ya se acercan, ya cruzan junto á nosotros, ya van lejos, persiguiendo la fuga de los aros errantes... Un aro es una parábola, una admirable parábola que dura casi toda la vida. En la estación primaveral, la infancia, inquietada por los ardores de la sangre nueva, siente necesidad de moverse y descuelga sus aros. El aro rueda, arrastrando al niño tras él; cuando estelo alcanza, lo empuja con mayor fuerza para hacerle avanzar más de prisa, lo que le obliga á seguirle con precipitación mayor. El niño impulsa al aro y el aro tira del niño; esta lucha sencilla constituye un vértigo dinámico, donde el principio y el término se confunden. El niño quiere y no quiere alcanzar al aro fugitivo; y éste, que en realidad es llevado por su dueño, en virtud de no sé qué inexpresables espejismos ó supercherías de la ilusión, le arrastra y dirige á su vez, agotándole en una carrera absurda. Pasó el estío. Cuando llegan los pálidos meses del otoño y del invierno, la infancia, entristecida ante la quietud muerta de los paisajes, guarda sus aros, aquellos aros que vimos rodar por un parque, una mañana de sol, con aleteos rientes de golondrina ó de mariposa. De año en año, al través de las edades, el caso se repite. El codicioso afana riquezas. Quiero ser rico- -dice- -para descansar. Su actividad no cesa, y de cuantos obstáculos la adversidad le opone, su constancia y su astucia salen triunfantes. Ya logró sus propósitos, j a reunió la suma que ambicionaba, y sin embargo, no reposa; necesita más, que ni para el campo ni para la humana codicia hubo puertas nunca... El artista que anheló ser famoso y lo consiguió, tampoco está contento: ha visto triunfar sus obras en todos los países, ha formado escuela, en la admiración de sus discípulos la Inmortalidad le brinda una sonrisa. Pero nada le satisface; lo Absoluto macera sus sienes; quiere decir lo que nadie ha dicho... El sentimental va de una mujer á otra buscando la pasión insoñada que calme todos sus anhelos. Al fin creyó hallarla; la adorada está allí; ella también le quiere, se lo ha dicho, se lo ha jurado. No obstante, el enamorado sufre. ¿Qué expresan aquellos ojos, qué sombras ha en aquella conciencia... Entonces inquiere, pregunta, y cuanto más sabe, más desea saber; su tormento es inagotable, la duda roe sus alegrías mayores. ¡Oh! ¿Porqué las frentes no serán de cristal? Y por los jardines edénicos de la juventud, los aros de la ambición, de los laureles y de los amores, ruedan y ruedan... Pero no preconicemos pesimismos, no abominemos de ese dulce suplicio; padecer es sentirse es ser mozo. Peor están los viejos, los pobres viejos de cabellos nevados, que, aunque quieran, ya no podrán empujar por los caminos que desencantó su experiencia, el aro divino de la ilusión DIÜLJÜ UE t- RANCES íA EDUARDO Z A M A C O I S