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yo lie comido en muchas ocasiones estos arroces de D. Ricardo, y unas veces estaban duros, otras sosos, y con frecuencia, grasientos. Gracias á que como él mismo dice: En el c a m p o todo sabe bien que si no fuera por esto, yo, siempre que D. Ricardo guisara, me llevaría a ¡go hecho, aunque fuera toitilla de escabeche, que es lo más cursi que puede llevarse á una excursión. Pero hay que perdonar á don Ricardo esta vanidad culinaria, en obsequio á lo que trabaja durante e s t a s j i r a s campestres. Apenas llegan los burros al punto de partida, donde ya reunidos esperan los excursionistas, don Ricardo inspecciona las monturas, los arreos, las cinchas, etcétera, etc. y una vez todo listo, ayuda á montar á las señoras, arregla las levantadas faldas de las señoritas y ameniza y alegra con sus ocurrencias este primer momento de la excursión. Ya en marcha, los incidentes de la cabalgata borriquü, como él la llama, le dan motivo á mil chistes y salidas, no todas de buen gusto, pereque son tolerada. porque z el catnpo todo se perdona. Además, á D. Ricardo nadie le discute, porque todos le necesitan, ¿a s niñas le deben la confección de los sombreros que llevan. A D. Ricardo se le ocurrió adornarlos con flores de papel de seda y pajas secas y él mismo compró los cascos de amarillenta palma. Las señoras formales le deben mil solícitos cuidados. ¿Quiere usted arrear mi borriquillo... ¿Me hace usted el favor de recoger el látigo, que se me ha caído... ¿Podría usted apretarme la cincha? Eche usted una miradita á tni Consuelo, que no sé por dónde anda... Estos servicios no se pagan con nada. Don Ricarüo con todas estas cosas se divierte, y cuando, ya de vuelta y montado en el último asno, se dirige hacia el pueblo, va pensando en organizar una becerrada ó en disponer una carrera de cintas ó en gastar alguna broma pesada á cualquier amigo. y no se divierte tanto D. Ricardo en las excursiones como en os juegos de prendas. En éstos es una verdadera Jiera. ¡Y cuidado si esíáxi gasladitos los tales juegos! Yo creí que, una vez perdidas nuestras colonias, ya no iban á venir de la Habana barcos cargados de diferentes productos, pero me he equivocado; todavía viene de la Habana el consabido darío cargado de... de... á. e cualquier cosa que empiece con una letra determinada. No sé cuándo van á darse por muertos estos cursis torneos del ingenio, que son una antigualla y que no gustan hoy á nadie más que á D. Ricardo. ¡Pobre hombre! ¡Las veces que habrá dicho soy, go y qitierol ¡Los ramos que habrá confeccionado! ¡Los favores y di. sfavores que habrá discurrido! ¡Y sobre todo, qué cantidad de sandeces habrá escuchado! Niñas hay que apurando la B. hacen venir al barco cargado de Weyleres, y otras que, apurando la H, son ellas las apuradas. Con esto goza D. Ricardo, y la sentencia de contentar al corro es la que mejor domina en el juego y fuera de él, pues este simpático tipo pasa el verano contentando á todo el mundo y haciéndose agradable á cuantos le tratan. La verdad es que, como dicen las señoras, Este D. Ricardo es el mismo demonio Y hombre del que se dice que es el demonio, es hombre salvado. A mí también me agrada don Ricardo, pero mi curiosidad me pregunta á veces: ¿Dónde se mete este s e ñ o r durante el invierno? ¿Qué hace? ¿De qué vive? ¿En qué se entretiene en a q u e l Madrid, donde no hay cintas, ni prendas, ni excursiones, ni burros... en el sentido recto de la palabra... ¿Quién es D. Ricardo... Ese es el secreto. L U I S DE TAPIA D I B U J O S DE XATJDARÓ