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I POS DEL VERANEO. -D. RICARDO Todas las colaiias veranieg- as tienen su D. Ricardo. Don Ricardo es un señor alegre, de edad madura, genio vivo y charla pintoresca, que organiza las excursiones, anima los bailes, hace chistes, dirige los juegos de prendas y goza de gran autoridad entre los veraneantes. Ninguno de éstos sabe cómo se apellida dicho señor. Todo el mundo le llama Ricardo en tono familiar, y muy pocos saben quién es ni en qué se ocupa este tipo que desaparece pasado el verano, sin que vuelva á saberse de él. hasta la siguiente estación estival. El mérito de D. Ricardo consiste en hacerse simpático, en ser iitil y en inspirar confianza á chicos y chicas, hombres y mujeres jóvenes y viejos. Los muchachos de la colonia le estiman y respetan por su experiencia, halagándoles su compañía, pues á través de aquel señor maduro ven al antiguo punto capaz de mil calaveradas. Las señoritas le rodean cariñosas, porque la conversación de este caballero tiene cierto agradable picor de que carece la de los pollitos ñoños á quien ellas escuchan con frecnencia. Los padres y madres confían en D. Ricai do, y hasta le encargan en ocasiones el cuidado de sus hijos. Es, por tanto, D. Ricardo el tipo más necesario y querido de la colonia. En su indumentaria, en sus costumbres, en su entero modo de ser, revela esta universalidad de su naturaleza. Es casi viejo y viste como un joven. Eu su toilette hay siempre un detalle atrevido: ¿es la corbata roja... ¿es el pañuelo verdoso que luce en el bolsillo del pecho... ¿es el panamá á piqué... Estos detalles sirven para demostrar que D. Ricardo, á pesar de sus cuarenta y cinco, aún polka. Y lo mismo que con el traje, le sucede con la conversación, mezcla de amenidad y aplomo, que por partes iguales gusta á los grandes y á los chicos. Con sus pausados relatos se atrae á las personas graves, y con los cuentos que intercala en su palique asegura á la juventud. Tarnbién sus costumbres t i e n e n carácter jnixto. Aunque los achaques le obligan á acostarse temprano, trasnocha con frecuencia. Si hay que dirigir un cotillón en el Casino ó hay que ensayar una piececita en el teatro del pueblo, la madrugada le coge bailando ó metido en la concha del apuntador. Pero los placeres favoritos de D. Ricardo son las excursiones campestres y los juegos de prendas. Desde que se inicia la idea de hacer una excursión, D. Ricardo no tiene momento de sosiego. Yo me encargo de todo exclama; y provisto de un lápiz y un papel, recorre la colonia apuntando quie nes van y quiénes no van, cuántos burros son precisos, cuáles han de venir aparejados con silla V estribos, y cuáles otros con serón ó jamugas. Lo que á la comida se refiere, queda también á su cargo. Si alguien le pregunta: ¿Qué llevaremos de merienda? D. Ricardo responde en s e g u i d a No se preocupe usted de. eso. Yo les haré un arroz que se van ustedes á chupar los dedos... Porque estos tipos saben guisar y obtienen por ello éxitos más grandes que merecidos. Como el acto de cocinai tiene en el hombre algo de paradógico, de todo señor que guisa se suele decir que lo hace muy bien; pero la verdad es que