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Un sabio arqueólogo conserva guardadas en anchos estantes y en altas vitrinas las joyas más bellas y rnás peregrinas que al mundo legaron edades pasadas. Al rico museo, el sabio protundo le llama, con gozo, altar de la gloria, emporio del arte, verjel de la historia, jardín de las almas, esencia del mundo. Allí se hacinan por todas partes cuantas grandezas dieron las artes: lábaros, trípticos, armas, trofeos, ídolos, ánforas y caduceos. ¡Las extinguidas generaciones, como aluviones, de nuestro globo la faz cruzaron. Ya no podemos volver á verlas; mas con sus artes al huir dejaron rastros de perlas! Carmen quitó sus liras á dos Apolos y á una Venus de Médicis quebró las manes; Remedios, sobre un lábaro de los romanos con seis dioses y un cetro jugó á los bolos; Rafael montó a u n dios chino sobre otro azteca; Blas, j u g ó con diez vírgenes á los soldados, y Aurora, á dos infantes momificados los vistió con los trajes de su muñeca. Llega el arqueólogo, crece el revuelo, altas vitrinas caen al suelo. Allí se juntan en mil cacharros cristal y bronces, hierros y barros. El sabio ruge lleno de ira, tiembla, suspira; no encuentra fríises á sus enojos ni al ansia acerbf. que le devora, y ante aquel cuaf ro que ven sus ojos se rinde y llora. Dejó un día el sabio la estancia entreabierta y entonces, diez niños que el sabio tenía, con ansias curiosas y extraña alegría del rico museo cruzaron la puerta. Entraron despacio y hablándose quedo, muy pronto avanzaron con menos cordura, después, ya iniciaron cualquier travesura y, al fin, entre risas, perdieron el miedo. Sus manecitas de nieve inquieta fueron más duras que una piqueta! ¡Rodaron lanzas y cimitarras, ánforas, ídolo. s, frisos y jarras! Tantos objetos tan venerados y codiciados, cetros, espadas, sedas, armiños, dagas, corazas y coseletes, ¡fueron tan sólo para los niños grandes juguetes! D I B U J O U E JS. V Á R E L A Proclaman los hombres monarcas y leyes fabrican del arte los mil embelesos, y luego los años son niños traviesos que juegan con templos, costumbres y reyes. A mil ilusiones los hombres se entregan, á vanas quimeras, á dulces engaños, mas luego se acercan veloces los años y con su alma y cuerpo despiadados juegan. No les detienen las ilusiones, ni los anhelos, ni las pasiones, ni los encantos de la belleza, ni los prestigios de la grandeza. Y el hombre mira de angustia ciego tan duro juego, que le arrebata cuanto quería: salud, riqueza, seres que adora; y viendo el cuadro de su agonía ante los años se rinde y llora. RAFAEJI, T O R R Ó M E