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sus rostros, y se inclinan con ansia para deglutir el fresco líquido. También en la m i n e r a de beber en una fuente pública se conoce á los hombres. Unos, sedientos, empapan primero la mano en el. agua y limpian con ella la extremidad del caño. Después beben y siguen su camino. Estos son los egoístas, que- sólo piensan en librar á su boca del contagio con que pudieran inficionarla las bocas de los que antes bebieron. Su pulcritud es loable; su altruismo muy deficiente. La fórmula de estos bebedores parece ser; el que venga detrás que limpie Amigos de la higiene individual, se desentienden en absoluto de la higiene pública. Conservarán la boca sana; pero no merecen el aprecio de sus semejantes. Otros, más dignos de encomio, limpian también el caño antes de beber, como los bebedores egoístas; pero lo vuelven á limpiar después de haber bebido. He ahí unos corazones generosos, unos sedientos honrados á quienes la salud propia no les hace olvidar la salud ajena. Pulcros para sí y para los demás, su boca merece ser bendita por el Señor, y la bondad de su espíritu alabada en los papeles públicos. Pero hay otros más santos aún, que no limpian el extremo del caño antes de beber ¡y lo limpian después de haber bebido! Estos agüistas, cortos en número á la verdad, se olvidan estoicamente de su propia persona y velan por la salud de los bebedores sucesivos. Cabe mayor grandeza de alma? Entre ellos elegiría todo redentor sus apóstoles. Y por fin, ha 3 otros sedientos, desaprensivos y salvajes, que no limpian el caño antes ni después de beber. Estos son los más numerosos. En el cercano imperio de Marruecos sucederá lo mismo. Cuando Madrid sea del todo la capital de una nación europea, preponderarán seguramente los simpáticos y hono. rabies agüistas de la limpieza previa y final. y Hoy por hoy, triste es confesarlo, de cada veinte sedientos que se acercan á una fuente pública, doce beben á la buena de Dios, como los animales; seis, precaviendo exclusivamente la indemnidad de sus bocas, como los egoístas; dos, acordándose primero de ellos y después de sus semejantes, como los hombres de bien. En cuanto á los místicos, á los renunciadores, á los santos que únicamente se preocupan del hermano que h a de beber después, ¡ah! de esos sólo habrá en Madrid ocho ó diez ejemplares. Cuando alguno de ellos cumple su sublime misión en tal ó cuál fuente, el asombro que producé su conducta agranda la boca del león y tuerce al caño. Pero todavía existen otras clases ú otras especies de bebedores entre los sedientos á quienes el ahogo estival de Madrid conduce á las fuentes públicas. Hay, efecti vatnente, un tipo sumamente curioso de bebedor potista, el cual, provisto de su vaso bolsillero de piel ó de caucho, recorre á ñoras determinadas ocho ó diez fuentes, bebiendo y paladeando en todas ellas el cristalino néctar. Ese artista del agua, hombre mal pergeñado de indumento, con aspecto de solterón impenitente y de solitario en un hogai humilde y descuidado, aprecia seguramente por su sabor las aguas de los distintos viajes antiguos y modernos, conoce sus especiales virtudes gástricas ó diuréticí s, sabe, en fin, á qué hora manan más frescas, más puras, más apetecibles y salutíferas. Retirado, sin duda, del mundo; intratable para sus semejantes; horno de pasiones comunes, sólo al agua consagra reverente culto, sólo en el agua cree, á ella sólo adora. Y tal vez se lave. La feliz circunstancia de ver á la continua una fuente pública, me ha hecho descubrir este precioso tipo de la fauna anfibia madrileña, yjuro á los lectores que podía exhibirles varios ejemplares de mi hombre potista; y digo mal, hombre así en absoluto, porque también entre las que fueron bellas, el culto solitario y callejero del agua acota sacerdotisas. Varones ó hembras, estos aguanosos hieráticos muestran un no sé qué de haber descendido por azares de la vida de posición social y en todos se advierte cierto dejo de soledad y de melancolía. ¡Desgraciados de ellos el día que su ferviente amor al agua les haga entrar en una taberna! Y en fin, para concluir, hablemos de los bebedores gorrones. Esta casta es numerosísima y á ella pertenecen asistentes, jornaleros jóvenes, simones mozos. Son aquellos que no sienten sed hasta que encuentran la fuentecilla pública rodeada de domésticas más ó menos garridas. Entonces la sed hostiga sus fauces y se acercan para solicitar humildemente que la mejor moza les permita beber de su botijo. Ya en los tiempos patriarcales esta especie de bebedores gorrones era harto conocida, y más de una vez el amor emergió de una ánfora ó un cántaro. Anochece sin que la más leve brisa agite la atmósfera de horno que pesa sobre la corte. El farolero despierta al farol, que parpadea y alza después la triple llama de sus mecheros. Y cuando surge la luz, la fuente deja de manar, queda muda, dormida. ¡Pobres potistas retrasados! ¡Qué angu. stia, qué ahogo... ¿Quién me da por favor un vaso de agua? ÜIBUJOS DE MÉNDEZ ERINGA J O S É DE ROURE