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de ciertos animales y de ciertas plantas. Aprovechóse de los sebos y los aceites, y con ellos, el hom bre mató definitivamente á la noche. Los animales de la tierra, los peces del mar, las olivas del valle íueron sus cómplices bien castigados, porque tenían que entregar su sangre para que ardiera como lumin a n a en cómplices las fiestas y veladas del rey de la creación La útil abeja, que endulzaba ya con su miel la boca de los hombres, se encargó de alumbrar con su cera. La cera ennobleció el alumbrado. Sir masa blanca substituyó álos líquidos mal olientes y mancüosos, iluminando los siglos poéticos de la historia. Las esbeltísimas velas, montadas en candelabros de labrada plata, iluminaron los salones entapizados de los palacios, las salas de armas de los castillos donde los guerreros trazaban sus victorias; los camarines de las damas de sus pensamientos, los banquetes caballerescos, los saraos cortesanos, las fiestas donde los trovadores cantaban el amor de las doncellas hermosas y los triunfos de los donceles valerosos. Los gruesos blandones amarillentos alumbraron los altares, las ceremonias de la religión, las bodas de los enamorados, las exequias de los muertos. La vela y la bujía eran la luz noble, pero escasa para las necesidades comunes. Y entretanto el candil y el velón seguían iluminando las casas de los pobres, los faroles mortecinos hacían más sombra que luz en las calles estrechas de las ciudades, encubriendo con su semiobscuridad los amoríos de la reja y los lances de los galanes. Un día pareció que el agua ardía: fuentes encendidas rompieron la costra de la tierra. Apareció el petróleo. Aquella era una inundación de luz potente como la del sol, comparada con la luz antigua. Las grasas y el aceite fueron relegados á las cocinas como servidores ínfimos ¡mm a, r 2 casa. fe j í fe v aBí T THCai Todo ello, sin embargo, eirá mezquino, miserable, nioH i í T Í B rfS teawtíl Í lesto. La humanidad, que había progresado tanto en la í f H- S í. JwBt tir kki i ciencia de la vida; que había perfeccionado las artes y sorprendido muchos secretos de la Naturaleza, estaba casi tan á obscuras como en sus primeros días. El sol, la luna, las estrellas, lucían muy lejos de la tierra, y enviaban á ella una corriente continua de luz. ¿No se podría almacenar, como en aquellos astros, la luz, y distribuirla luego por todas partes hasta á los más remotos rincones del mundo? El hombre dio al fin con esa luz fluida, aeriforme, sutil, derivada, conducida á voluntad, como de una fuente perenne. El gas deslumhró con sus resplandores, transmitido á largas distancias por cañerías y tubos, como agua de un manantial luminoso. Bien revelaba con su vividez la fuerza de su padre, el carbón de piedra, engendrador del fuego y engendrado en los ardores primitivos de las entrañas de la madre tierra. Mágicos surtidores de luz clarearon las noches, inundaron las casas, las calles, las ciudades. Como á la aparición de la aurora palidecen los luceros, así á la luz del gas palidecieron las viejas luminarias de que el hombre se servía. ¿Quién predijera entonces al brillante vencedor de las tinieblas que había de durar tan poco tiempo su imperio? En cortos años la humanidad ha visto más que vio en centenares de siglos. Llegó la palabra definitiva, el veráadero ¿at lux del hombre. El hombre la hace instantáneamente, como Dios hizo la de la creación. Ilumina de golpe una ciudad entera. Va por debajo de las aguas sin apagarse y por debajo de la tierra sin ahogarse. Corre cientos de kilómetros con la rapidez de la luz solar y luce con la intensidad de ella. Verdaderamente, el sol ha descendido al mundo: lo tenemos al alcance de la mano, encerrado bajo las llaves eléctricas. La electricidad se apodera hasta de los últimos reductos de la tradicción. 1,0 antiguo resiste en la forma y se deja vencer por el espíritu. La aristocrática bujía permanece en los salones de los palacios; pero coronada por la lamparilla incandescente. Las casas linajudas conservan en sus balcones las viejas hachas con que se iluminaban en los festejos; pero rematadas por las bombillas eléctricas. Hasta los templos se alumbran con ellas, y sus bóvedas, ojivales, sus cuadros y efigies, sus capiteles j doseletes de labor prolija, sus retablos de talla primorosa, resplandecen más y muestran mejor las bellezas del arte. No se creen ya profanados por el espíritu nuevo, comprendiendo quizá que dando culto á las fuerzas de la Naturaleza, se rinde culto á Dios, y que el vetusto misterio, propio de la falsedad y el engaño, no es necesario á la religión cuando es verdad y reflejo de claridades celestes. Dir: u. io DE MP: N T: 7 RRINGA EUGENIO SELLES