Patrocinado Por:

Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
casas solariegas, en las casas de opulento reposo medio enterradas entre árboles. Suponían, dentro d e todas, un culto á los siete pecados. Y las viejas, con sus bocas sin dientes, hablaban del mirar codicioso de los borrachos para las criadas, mozas garridas; hablaban de la avaricia de muchos señOfes y de la soberbia de otros; tenían risas al imaginarse á algunos sentados ante la mesa, devorando las viandas, acariciándolas con miradas llenas de voluptuosidad, relampagueando furor tras los lentes al ver que su vecino se abalanzaba sobre la parte más sabrosa de las reses ó de las aves... ¡Y era lo triste que ellos, tan pobres, dieran á los señores todas aquellas viandas... En tal momento, por el camino una bandada de gentes ricas pasó. Y los labriegos animaron sus rostros exangües con sonrisas cortesanas y se inclinaron, diciendo en un clamoreo donde había algo como una adulación y una súplica: ¡Que sea con ustedes eterna la alegría... ¡Que nunca sepan, señores, cómo son las miserias del mundo... ¡Que el bendito San Amaro los acompañe... Ivüs que pasaban, pasaron sin responder al saludo. Todos, dueños de rebaños y de pastores, eran los mnos de las otras gentes, cada uno en su parroquia como antiguos señores en el coto de su jurisdicción. Cruzaron, al igual que siempre, sober VA bios. Y, sin embargo, las mujeres y los homr- JV, VNZ V v 5 bres sonreían aún, inclinándose. Y no hubo 1 v i maldiciones después; comenzó, apenas, entre tef. los campesinos un doloroso reir de sus miserias y de las grandezas presentidas en las casas de los poderosos... Chanceábanse sin dolerse de sus males ni desear los bienes ajenos, lluego aludían á los señores con burlas ingenuas de singular amargura. ¿Cómo no nos habrá regalado nada el señor don José... -Debe ser olvido. -No, olvido no. No hay que pensar mal de los que bien nos quieren. Í 3 s, Seguramente, porque conoce que nos hace falta. -Tienes razón, de verdad. Por eso mismo nosotros, sabedores de sus angustias, le hemos llenado la mesa. -Callade con eso: es ley de buena crianza no hablar, para gabarnos, de nuestras acciones... Y reían con risa lenta, como admirados del propio ingenio, üntonces fué un grupo de campesinos el que cruzó, y todos comenzaron á preguntar por las ofrendas. ¡Ey, mozo! ¿Qué habéis dado vosotros al amo vuestro? -Nosotros, dos lechones cebados y un corderino. ¿Y vosotros? -Nosotros, una carga de pan y seis pichones; es lo de todos los años. Otros habían llevado vino y frutos de los mejores que da la tierra, y caza de los montes y pesca de los riachuelos. Los rayos del sol, dorados y alegres, reían extendiéndose en hilos de luz por entre las ramas frondosas de los árboles, para luego abrillantar la hierba de los prados ó bañarse en el agua que corría cantando, al fondo de la vereda. -Y vosotros, mozo, ¿qué habéis llevado al amo? El mozo aquél respondió con voz sorda: -Nosotros no hemos dado nada, No tenemos! Y una nube de tristeza veló todos los rostros al oir estas palabras. Hubo quien, como en una contemplación de dolores y angustias inevitables ya, se volvió al muchacho: ¡Ay, lo que os aguarda, hombre! ¿Qué habíamos de hacer... ¡Toda la añada se nos perdió cuando el pedrisco! i o. Í 5i. ¡Ay, lo que os aguarda! 7 ¡Ya lo sé, señora! Hízose un silencio largo y una compasión suprema para el mozo infeliz. Todos esperaban, en un año ó en otro, sufrir desgracia idéntica. Y, sin embargo, no cruzó por sus mentes un fulgor do incendio ni una esperanza de sangre... Callados, sombríos, continuaron por la vereda oyendo el agua de los regueros que plañía soñolienta al cruzar las brañas... FRANCISCO CAMBA D I B U J O S DE rE DEZ BRINCA