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¡Este plural repugnaba á mi conciencia, siempre dudosa de la autenUcidad (i i P r Qi -E final de aquel drama fué rápido, trágico, espantoso... y me dejó sumido en un enigma hondo, inextricable. IV En el gabinete, apenas alumbrado por una lámpara cubierta por espesa pantalla de encaje, velábamos ensimismados Alberto y yo. En la alcoba, y al pálido fulgor de una lámpara eléctrica encelajada en papeles de seda que tamir zaban una luz blanca, iría, como de luna, agonizaba Susana. Llevaba 3- 0 muchos días de insomnio, velando primero á un recién operado y luego á mi pobre amiga; y cediendo á la imposición física me dormí, muy poco tiempo sin duda, y con ese sueño ahuyeutadizo que deja transparecer el alma. Al despertar vi que Alberto, aprovechando mi sueño, habíase acercado á la cama de su mujer y hablábale afanosamente. Ea enferma se había incorporado, y su cara exangüe tomaba livideces de agonía. Yo, envuelto en el pliegue de sombra que colgaba del ángulo formado por el muro del gabinete con la divisoria de la alcoba, escuchaba con avidez calenturienta. ISÍi él ni ella se acordaban de mí en aquel trance. Perdón! -gemía Alberto, oprimiendo la mano cérea de Susana. ¡Te he engañado como un criminal! I a agonizante erguíase á impulso de una fuerza extrahumana, y gritaba con trágico apremio: ¡Habla! Si, yo te engañé, Susana, como un 11 impostor! ¡Hablaaal- -barbotaba la enferma con voz ininteligible. ¡Concluye, me alio... gol ¿Porqué dejaste de ser el que... eras? ¿Por qué has sido. para mí... o... tro, otro? ¡Sí, otro! ¡Otro, que tú no amaste nunca! ¡Nunca! La cara de Susana, lívida, terrosa, cuajada por la algidez agónica, expresaba terror ultramundano. Alberto estaba cadavérico; un soplo de trágico prestigio surcaba aquella escena indescriptible; mi curiosidad demente, transformada a en apetito fisiológico, me sacudía, secaba mis fauces, pegaba mi lengua al paladar, El negro demonio del análisis, la curiosidad psíquica me poseía; anhelaba vorazmente el desenlace del pavoroso drama, y abandonando mi enferma á la emoción mortal, clavado en mi rincón, escuchaba, palpitante, sudando frío. ¡Acertaste, Susana; el que tú amabas no era yo! ¿Que... e dii... ces? -articulaba ella en un hervor estertoroso. ¡Tu Alberto, el que tú amabas, no era 3- 0! ¡Dios mío! Y la cabeza moribunda caj- ó, como segada, hacia atrás; yo no tuve acción para moverme. ¿Te acuerdas de aquel estudiante de Medicina, locamente enamorado de ti? -Sí... creo... c r e o -b a l b u c i ó l a moribunda. ¡Ese era 3 0! -gritó el barón- ¡Era 5- 0, 3- 0, 3 o! ¡Sábilo 3 perdóname! ¡Loco! Y me muero... ¡So... corro! ¡No, no esto 3 -loco! ¡Mírame á los ojos! ¡Así, hasta el fondo del alma! ¿S 03 -o tu Alberto? ¡Xo, no! ¡Otro! ¡03 eme! ¡Vive para oirme! ¡Te amaba tan locamente que pensé en todas las demencias! ¡En otra edad hubiese dado el alma al demonio por lograrte! ¡Y lo pensé, ÍZ- O -Z con fervor espantoso! ¡Jesús! -gimió la agonizante. ¡Y quizá vino! Llegó un loco, un hipnotizador de feria... Venia de Oriente... Creía en la metempsícosis... juraba poseer el negro secreto que hace mudar de cuerpo las almas. Le creí, quise creerle. Le ofrecí todo el oro del barón si lograba infundir mi alma en su cuerpo. Compramos al ajuidade cámara, el mago realizó su rito, nos adormeció con una pócima... Y ¡desperté en el cuerpo del barón! ¡Horrible despertar! Aquel cuerpo era para mi alma como extraño traje, me oprimía; me sofocaba... Basta! -silabeaba crispada la moribunda. ¡X o! ¡no! ¡Perdóname! Alb rto! ¡Tú no! ¡El mío! ¡Ahü- ¡Susana! ¡Susana! Hubo un silencio terrorífico. Sentí un hálito glacial. Tuve la sensación de una cuerda que salta, de un tallo que se troncha, de un fu ente aleteo... Y me encontré de pie junto al fecho, y i.l berto sacudía brutalmente el cuerpo lacio, blanco... el cadáver de vSusana; llamábala funoEo, besábala delirante, obstinado en desperiurla. Y el desdichado gritaba, se retorcía epilépticamente, arrancábase á pedazos la roj) a, á mechones los cabellos... Así empezó su terrible locura. Y ahora me pregunto: ¿Era él sólo el loco? ¿Lo seré 3- 0 también? ¿Era aquél mi amigo? ¿Era el estudiante? ¿Infundieron en Alberto otra alma, ó... le siigesttonaro 7i con la idea de habérsela infundid ¡Qué importa! ¡Mataron en él el albedrío, la fe en el propio t) toda la vida espiritual... ¿Será esa fe la chispa animadora, el quid divinum, la esencia de Dios que prende en la célula psíquica... BL. NCA D E LOS R Í O S D E L- A M P É R E Z D I B U J O S DE V, REL. 4.