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HIPNU: iPM (íj JOMO tienen tanto de confesiones las Jileinorias, para mejor inteligencia de estas mías, icüsome de hallarme poseído del insaciable Demonio de la Ciencia, cuya obsesión se determina m mí por ansia voraz de penetrar lo impene: rable; el maravilloso Deus est machina de este irtilugio que piensa, el misterio de la impalpajle Psiqziis, el nexo que ata el espíritu a l a carne, impulsado de esta ansiedad hiperestésica estuiié cuanto con el insoluble problema se relajona, desde las fábulas precientíficas de Cuvier -de Mesraer y los atisbos del abate Faría y las nducciones de Braid y ios desbarros de Grimes, lasta los más recientes adelantos de psiquia, ría. Y llevando mi sed investigadora á la práctica profesional, extremaba hasta la crueldad mi análisis clínico de entrañas palpitantes y de cerebros seccionados, ó mi terca observación del doloroso funcionalismo de almas enfermas, feliz de sorprender un rasgo nuevo, una aberración psicofísica, un fenómenoignoto, una célula inobservada, un caso no previsto, para aportarlo al formidable inventario que médicos y psicólogos formamos de las mutuas influencias entre el organismo y el espíritu. Uno de esos casos extraños, no explicables en la historia de la psicofísica, es el que voy á anotar, no sé si con escrupulosidad de médico, con fruición de curioso ó con alucinaciones de novelista: el hecho dicta, yo escribo. II Asistí como amigo y como médico á la herniosísima mujer que todo Madrid recuerda por astro de sus salones, y cpie llamaré- -para ocultar su nombre egregio- -la baronesa de CastroFides. ¡Extraña enfermedadla de aquelladivina mujer! Pero... ¡desafío yo al más lince de mis colegas á que, puesto en mi caso, definiese si era aquello infección física que trascendía al espíritu, ó infección espiritual que envenenaba la carne! Mujer más hermosa, feliz, adorada y triunfadora en todo, no existió; boda más memorablemente ostentosa que la siiya no la hubo en Madrid. Pero desde el día mismo de la boda, acaso antes, desde que la boda se anunció, ¡a salud, la alegría de Susana se empañaron como de un sutil velo gris de añoranza, ó de dolencia indefinible. Inquieto como amigo, curioso como hombre, interesado como médico, empecé á observarla. ¿Qué tenía... A veces los ojos de Susana relampagueaban indignados, á veces parpadeaban medrosos, como palomas azoradas; de improviso abríanse desmesuradamente como ante visión aterradora, ó se anegaban er, llanto inmotivado, ó lenta, lentamente se entenebrecían, llenándose de noche. ¿Qué tenía? Por días, por horas se demacraba, empalidecia, y los dos halos violáceos que cercaban sus ojos de húmedos zafiros, extendíanse, borrando, trasponiendo tanta belleza. Desesperado yo ante el impenetrable misterio de aquel mal, buscando tercamente sus raíees, dediquénie á observar al barón, y... ¡cosa más extraña! mirándole con insistencia y frialdad clínica parecíame que bajo mi penetrante mirar aquel hombre se desconceitaba, j 4 a ¿f j lo más peregrino, lo inverosimil del caso, era que. siendo él el mismo, me parecía otro... ¿Com prenden ustedes esto? ¿No? Yo tampoco lo comprendía; pero... ¡ante la evidencia... Era como si por los ojos del barón, de mi amigo Alberto de San Andrés, á quien conocí desde niño, me mirase otro hombre, ó... mejor dicho, otra alma: el alma de una persona muy diversa de la persona de mi amigo. ¿Que cómo podía s er esto? ¡Aquí del enigma! Pero el caso es que ra. Si hay personalidad, y si la personalidad síquica, Ayo, el alma, se asoma á los ojos, el lima aquella que se asomaba al iris verde- gris á la negra pupila del barón nó era el alma de Mberto. De esto estaba yo segurO; teníala evi. encía moral, y moríame por adquirir la eviiericía material, irrecusable. Aquella convicción, entrando en mí como ra yo luminoso, parecióme la- palabra reveladora del mal de Susana. Si la mirada de Alberto producía en ella el mismo efecto que en mí; si su enigmático marido le parecía como á mí, distinto de su ex. lansivo novio; si por los ojos de Alberto la miraba un alma que no era el alma de su amalo... ¿qué más se necesitaba para enfermar iiiortalmente? Pero... ¿era aquello posible? ¿No ería alucinación de mi espíritu, ofuscado de tanto mirar á los espíritus, como los ojos se ciegan de mirar de hito en hito al sol? Para desvanecer mi fascinación bastaríame provocar en Alberto íntimas confidencias, comunes remembranzas de nuestra fraternal camaradería estudiantil. Pero... la enfermedad de Susana contagiaba ó absorbía á mi amigo de tal suerte, que no hubo medio de provocar confidencias, morque él ni un momento se apartaba de su mujer. III La enfermedad- ¿neurosis? ¿anemia? ¿consunción... ¡Quién lo sabe! -la enfermedad progresó de suerte que en poco más de un añosorbióse toda la savia y lozanía de flor, todas las energías vítales de Susana. Agotáronse los tecursos de la ciencia- ¡pobre ciencia y pobres lecursos! -hubo consultas, cambios radicales de médicos y de si. steraas... ¡todo inútil! Al cabo, tan al cabo que sólo días, horas casi de vida quedaban á la infeliz paciente, volví yo, ven. ido como médico, invencible pero desoladocorno amigo, á la cabecera de mi pobre enferma oara acompañar en su calvario á mis amigos.