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LOS A M I G O S tlif LITERARIOS UN POBRE HOMBRE j í s T r í pobre hombre estaba paseando en su huerto. Esta es la verdad pura: tres cosas pueden hacer feliz á un humano: un libro, un buen amigo y un huerto umbrío. Nuestro hombre posee su huerto; tiene en él manzanos, milgranos con sus flores rojas primero y luego con sus pesadas grana- das, azufaifos, perales, membrilleros, albaricoqueros con sus albaricoques mantecosos y aromáticos, cerezos, acaso naranjos. Y entre toda esta copia de frutales diversos, él ha puesto sus amores y sus solicitudes de agricultor y de propietario en un bello, en un maravilloso peral que produce las más exquisitas peras y del cual todos los labriegos de la comarca hablan con pasmo. Este peral estaba él contemplando precisamente cuando ha visto venir corriendo hacia él á un muchachito de la casa; el mocito se ha detenido al verle y ha comenzado á hablar. Nuestro amigo no le entendía; el mocito parecía turbado por la emoción, y al mismo tiempo la larga carrera dada desde la casa al huerto, le hacía acezar y entrecortaba sus palabras. Pero al cabo, el pobre hombre ha entendido algo de inquisidor y de que le esperaban en la casa No pintaremos el pasmo que se ha apod, erado de nuestro amigo. ¿Qué significaba esto de inquisidor? ¿Le esperaba á él acaso la Inquisición en su casa? Perplejo, turbado se ha salido del huerto; un sudor frío comenzaba á empañar su frente. De cj ue ha llegado á la casa, ya nuestro amigo casi no podía tenerse en pie; estaba profundamente pálido; tembleteaban sus manos. Y entonces, al entrar en la sala ha visto que un escudero se inclinaba ante él y le decía gravemente- -como deben hablar los escuderos: -Mi señor el inquisidor ruega á 4 1 f 1 5 i 3 i í 4 í -i vuestra merced... Y no ha podido oir más este pobre hombre; súbitamente su vista se ha ofuscado, han flaqueado sus piernas y nuestro amigo ha caído atierra abrumado, inerte. Le han llevado á la cama; el pobre hombre en su alucinación veía j- a delante sí los ladrillos, las garruchas, los cordeles y las vergicas llenas dé clavos con que dan tormento los señores inquisidores. Tal vez lo que él temía más eran las dichas y curiosas vergicas; ellas sirven para producir el tormento del sueño, v de ellas habla en su Praxis ecdesiasiica et saicularis el ilustre catedrático de Salamanca D. Gonzalo tíuárez de Paz. Claro está que para proporcionar el tormento del sueño hay varios sistemas, entre otros el español y el italiano; pero hemos de confesar (aunque sufra con ello nuestro patriotismo) que el sistema italiano, como dice el Sr. Suárez, es muy mejor y por muy mejor estilo que el español Y el mismo Suárez de Paz, en la página 242 de su libro (edición de 1790; la prmiera es de 1583) lo describe de esta suerte: Tiene hecho la justicia cierto ingenio á manera de un reloj de arena, de estatura de un hombre poco más, que tiene nueve ó diez vergicas, todo redondo, y por todo él sembrados muchos clavos, las puntas para adentro, del largo de un geme, y las puntas muy agudas; y al que han de atormentarlo desnudan en carnes, salvo unos paños menores, y le meten dentro del dicho tormento, el cual es tan angosto, que no cabe más de solo el atormentado; y viene tan justo con las puntas de los clavos, C ue tocan con las carnes algún tanto, y tiene atadas las manos atrás; y son tantos los clavos que el artificio tiene, que puede haber de uno á otro cuatro ó cinco dedos; y de esta manera le tienen allí metido el tiempo que al juez le parece; y como está en pie, que no se puede sentar ni arrimar de una partea otra sin meterse los clavos por el cuerpo, eljuez le está preguntando de rato en rato: Si quiere decir verdad, y en ninguna manera no puede dormir, si no antes da voces y gritos, porque es tormento bravo y muy cruel En este sutil artificio sé veía ya metido nuestro amigo. Y por esta causa su estupefacción ha sido profunda cuando al volver en sí, se ha visto acostado en su cama. Ha preguntado lleno de asombro á los deudos y amigos que le rodeaban, y éstos le han contestado que lo que el inquisidor, su vecino, requería de él era el que le hiciese la merced de mandarle unas peras del soberbio y maravilloso peral que él tenía en su huerto. Entonces, nuestro amigo, lleno de una inmensa alegría, entre la sorpresa de todos, se ha levantado corriendo de la cama, ha ido al huerto, ha hecho arrancar el peral 3 se lo ha enviado entero 3 verdadero al inquisidor. El Sr. H. de Luna cuenta esta anécdota en el prólogo de su continuación á la Vida de Lazarillo de Tonnes; y ella puede instruirnos sobre el grande temor, sobre el profundo respeto que la Santa Inquisición, estatuida para perseguir la herética pravedad, inspiraba á nuestros abuelos. nlBU. 10 I E REGIDOR AZOKIN