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sólo Carlota, la costurera, siempre tan rara, como sus compañeras decían, continuaba a ilí, rofractarla é. la diversión, tirando de la aguja, interrumpiendo con el rápido ticliteo d e s ú s ágiles tijeras el silenció solemne del gabinete amueblado á estilo Imperio, donde hacía labor. ¡Salir, metei se en zambras, ella, ella, Carlota Migal! ¡Con lo que llevaba encima del alma, aquellas infinitas arrobas de vergüenza- y desconsuelo, desde que sucedió... lo que sucedió! H a y mujeres, bien se sabe, que después se quedan tan frescas; nada, como si tal cosa. Ríen, se divierten, oyen requiebros, se enredan en nuevos amoríos, ge emperifollan, se casan, engañan ó no engañan al que las elige, le ocultan lo pasado, á veces hasta e lo cuentan con cinisnro impávido... Carlota no era de esa hechura. No; á ella la habían amasado Üe otra pasta. Tenía para mientras viviese. La memoria, con monótona persistencia, murmuraba su canción de vieja hilandera de telarañas sombrías, en un rincón del cerebro de la costurera humilde. Has pecado, fuiste abandonada, tu niño murió; no tienes ya derecho á ninguna alegría, á ningún placer. Trabaja, gánate el pan, deslízate callada y guarda para tu solitaria vejez unos ahorrillos; no debes ser molesta á nadie. Y Carlota cosía, cosía. Por sus manos pasaban los volantes de gasa y tul, los faldellines de seda, las cintas íiescas y crujientes, lo que las mujeres felices y animadas lucen en bailes y paseos; jamas un pensamiento de envid; a, un temblor de concupiscencia, agitaba su resig- f A t. V -t -r! w í nado corazón. Bueno era para ella el traje uoa- n- te... dito de lanilla, el manto ala de mosca, la ilibrea de la servidumbre, del salario y de la insigniíi. canda. Que la perdonasen, que la olvidasen... Que nadie la echase en cara aquéllo ¡Ah! ¡Eso no! Porque se moriría del sofoco... Sólo á una cosa no conseguía resignarse; sólo una queja, una protesta surgía involuntariamente de su espíritu. Que la hubiesen abandonado, bien; castigo justo: ella se merecía mucho más. La injusticia era que el niño se hubiese muerto así, á pocos meses de nacido, sano al parecer y bonito como un sol. Carlota interrogaba á la Providencia: ¿qué mal había hecho su niño? Un inocente no debe pag- ar por los culpados. Y, además, el niño era lo único que le quedaba en este mundo traidor; y y a q u e pasaba tanto trabajo y tanto bochorno para seguir viviendo, ya que no se tomaba una caja de fósforos, porque Dios manda que eso no lo hagamos, al menos el niño, el niño. Sangrante y activa la maternidad de la costurera, se exasperaba ante el espectáculo de la chiquüle-