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A N T E UN ESCAPARATE jK sorprenden el igor voluntario de los niños, el tacaño concepto que tienen del mundo objetivo, la extensión conquistadora de su YO- -Yo quiero- -dicen. No meditan, no vacilan; en sus afirmaciones, como en sus repulsas, hay un latido implacable de fanatismo; apetecen porque sí á obscuras, cual si fuera de ellos comenzase el vacio. 131 niño es el de. íeoheciio carne. De aquí su crueldad: Yo quiero ese juguete -exclama; y lo coge, lo examina se divierte con él. De pronto le irrita su monotonía y el secreto de su interior. Yo quiero ver lo qu tiene por dentro -dice. Y lo rompe. Ya la muñeca quedó hecha añicos, ya de sus ridiculas entrañat huecas ó rellenas de serrín, hu ó el misterio. Y el niño sufre una decepción intensa, un agrio desdén que se parece al odio. EU creía que dentro del juguete hallaría algo bonito y peregrino que correspondiese á su linda apariencia; pero el juguete le ha estafado y lo tira colérico. IJs el preludio de lo qué más tarde hará con sus amores, con sus ensueños de fortvma, con sus pesadillas de gloria tocadas de laurel. Al través de los años, la infancia, la juventud, la virilidad, salmodian la misma estrofa de ilusiones y desencantos; y es triste ver cómo todo lo que fué y será, toda la filosofía de la Historia, cabe en la vulgarí, sinia historia de una caja de juguetes. He pasado varias horas examinando los escaparates y las amplias galerías de un bazar de juguetes, 3 he sentido que sobre aquellas largas vitrinas donde los Polichinelas clowne. scos, las Peponas mofletudas, los caballos de cartón y los muñequillos mecánicos de todos colores y trazas ofrecían nmecas diversas y candorosas de la existencia, la verdadera Vida, la gran V ida amarga de los hombres que fabricaron aquellas figulinas, arrojaba una sombra triste. Vi juguetes idílicos que, como los Nacimientos, los borregos, los pastorcitos, y los picos, palas y carretillas que sirven para remover y transportar la arena de los parques, parecen fomentar en la infancia el amor á la Naturaleza, la afición á la existencia saludable y libre de los campos; y juguetes burgueses, como gabinetes exornados con butaquitas y espejos minúsculos, cocinitas que parodian las verdaderascocinas, esos vientres terribles que consumen cuanto el trabajo del hombre afana; y armaritos de. luna, cómodas, costureros, arquillas, cajitas de valores, objetos todos que se cierran con llave y van imbuyendo delicadamente en el espíritu del niño la noción de la propiedad y del orden; y juguetes de ensueño que, como los globos, los ferrocarriles y los barcos, hablan de cosas no vistas; y juguetes de carne, en los que, como en las muñecas, el pensador atisba un vago cariño á la humanidad. Pero también vi juguetes insanos, juguetes de esclavitud, como esos látigos y arneses con que los niños se prestan á oficiar de cocheros ó de caballos; y juguetes fc, como los soldaditos de plomo, que fomentan el amor á las batallas; los sables, que evocan visiones sangrientas; los tambores y las cornetas belicosas, que llaman al combate; los tiros al blanco, que ponen en el ánimo del niño el propósito homicida de herir al muñeco, contra quien disparan, en el corazón. A mi alrededor bulle una humanidad infantil que ríe ante las vitrinas maravillosas y se levanta de puntillas para ver mejor: los ojos chispean, la ansiedad entreabre las boquirritas rosadas, los brazos se extienden imperiosos. Las niñas, en quienes la vida afectiva apunta desde muy temprano, prefieren los lavabos, que las explican misterios de coquetería y de belleza, y las muñecas, que llevan á sus almas como un perfume incomprendido y sutil de futuros y remotos amores. Los niños, más toscos, más humanos (valga la palabra) adoran los juguetes crueles, los machetes que halagan instintos atávicos, los martillos que rompen y destruyen, las cajas de sorpresa de donde, apoyando un resorte, sale un hombrecillo desgreñado, con cara de espanto y de dolor. ¡Yo quiero esto... yo quiero esto! -repite imperativamente en torno mío la pequeña multitud. Yo pienso que ese egotismo admirable, esa ciega fe que cada niño tiene en sí mismo, irá debilitándose. La vida usa y tuerce las heroicas líneas verticales de la voluntad; el YO se esfuma en la desilusión. ¿Para qué? -nos preguntamos. Y como la juventud pasa ante los bazares de juguetes sin mirar, así más tarde la vejez, que ya conoce á todos los juguetes humanos por dentro pasa ante la feria de la Vida encogiéndose de hombros. EDUARDO Z A M A C O I S r TRTI. 70 n E L O Z A N O