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UNA TAPADA UÉ nos dice esta bella tapaclai ¿Qué ideas y qué sentimientos suscita en nuestro espíritu? ¿Dónde ha vivido? ¿Cómo murió y. de qué manera han transcurrido las horas de sus días? No sabemos nada de todo esto; una tal incertidumbre hace que estos retratos que encomiamos un día de aburrimiento en el fondo de una vieja cómoda, en el rincón de un armario que no se ha abierto hace mucho tiempo, tengan como una aureola de misterio, de poesía y de atracción profunda. Y tal vez esta dama oriental que nos muestra sus ojos rasgados entre blancos cendales, tal vez ha vivido en un lejano país que nosotros no hemos visitado nunca; acaso esos ojos que nosotros miramos j miramos han visto desde una ventanita altísima, remota, la mancha azul del Bosforo; quizás cuando muy de tarde en tarde ha salido de su palacio, ha discurrido poruñas callejuelas tortuosas, llenas de sol, sumidas en un profundo silencio, por las que devaneaban sin rumbo, soñolientos, perros negros, perros blancos, perros jaros, en las que se oían á ratos el grito gutural de un vendedor, y sobre las cuales, en la estrecha cinta formada por las fachadas de las casuchas, se divisaba infinito y radiante el cielo. Es posible que haya sucedido todo esto, repetimos; pero esta bella tapada á quien nosotros amamos ya con un intenso amor, ¿no nos recuerda nuestras ciudades andaluzas? ¿No trae á nuestra memoria los viejos alcázares, los patizuelos de naranjos, las mezquitas llenas de sombra y de frescura, los bazares en que las sedas hacen un ruido suave y dulce, las huertas frondosas en que los azarbes repletos de agua relucen, en que oímos chirriar las añoras y en que percibimos voluptuosamente el grato olor de los habares y del azahar? Es, pues, completamente verosímil que esta bella tapada more en un palacio sutil, encantador, que se halla colocado en lo alto de una colina; el palacio se encuentra rodeado de una frondosa olmeda en que los ruiseñores cantan; una inmensa y plana vega se descubre desde las azoteas y balcones de este palacio; la llanura está verde; unas notas blancas d e l a s casitas se divisan a c á y allá; u n a montaña azul con sus cresterías nevadas cierra el horizonte, y abajo, á l o s pies d e la colina, l a ciudad se extiende y desparrama. Y si nos asomamos á lina de estas azoteas que parecen suspendidas en el azul, observaremos las callejas angostas las plazas, las torres los terrados de las casas, las ventanitas que no sabemos á dónde comunican y que nos hacen experimentar una s e n s a c i ó n de algo que no sabemos, ü n silencio profundo reinará en el ainbiente; en esta radiante hora de la mañana en que nosotros observamos la c i u d a d diríase que ésta parece d e s i e r t a muerta; pero nosotros vamos mirando sus casas, sus patios, sus callejas, 3 adivinamos que todo un mundo se revuelve y trabaja en ellos, que el alfayate está cortando el paño con sus tijeras, que el peltrero golpea con su martillo el cobre, que el alarife camina por su andamio, que el regatón vende en su tiendecilla que el azacán va con sus cántaros de una parte á otra, que el percocero fabrica una menuda joya, y que tal vez u n poeta, sobre un blanco papel y en una estancia callada, escribe un soneto. Esto es lo que se presiente desde las azoteas de este alcázar; en él viviría esta dama á quien nosotros amamos; una tracería maravillosa de oro y carmín cubriría las paredes; un pebetero aromaría c o n sutiles olores el ambiente, y de tarde en tarde, cuando nuestra bella dormitara, en las horas eternas y silenciosas, la voz larga, larga, larga de un almuédano que lanzaba su oración alo lejos, vendría á sacarla súbitamente de su estupor y á hacer vibrar nerviosamente s u s carnes suaves d e nácar y de rosa. AZORÍN DIBUJO DE HUERTAS