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délos tres caños no tema moradores, y que todas aquellas solemnes moradas estaban como huecas v sin vida; pero después inquirí el vivir de aquella calle y supe que tenía, como todas las cosas, una vida profunda detras de los muros densos, en las moradas lóbregas. Supe que allí habitaban familias de abolengo rancio y supe que había odios seculares de unas á otras, y que eran más rencorosos los de las casas fronteras, las que se veían frente á frente, las que casi se besaban en sus aludos tejaroces Y supe con intima tristeza, tristeza que renuevo cada vez que esto cuento, que alli vivían niños sin versenunca, jugando solos por los corredores anchos, en el invierno, ó á la sombra de la acacia del naranjo o del ciprés del patio, en las tardes de primavera. Estos niños no se odiaban porque no se conocían; pero conforme iban creciendo, libaban el odio en la vida familiar de los abuelos de los padres y de los hermanos ya adolescidos. Puesto á la husma para rastrear signos de la vida en aquella calle, atisbé un día, y después otro día y aespues otro, detrás de una vidriera, á una señora alta, seca y de rostro tan rugoso, que revelaba senectud muy extremada. Esta señora sentábase al lado de la vidriera, casi pegada á los cristales menudos y verdosos; luego, de una taleguilla de damasco carmesí extraía una labor de aguja calcetera acomodaba sobre la nariz unas poderosas gafas con ancho cerquillo de plata, y coa los brazos pleo- ados al cuerpo, las manos enflaquecidas comenzaban una vertiginosa tarea. Mientras ao- ui aba mecáni camente, aquella señora permanecía en acecho del balcón frontero, fisgándole con lápidas ojeadas En el balcón frontero, detrás de los cristales, se sentaba otra señora tan seca, tan ruo- osa v tan caduca como la primera. No mediaba entre ambas ni una tenue flexión de cortesía- al contrario vién dose una a otra con miradas oblicuas, se atiesaban más sus cuerpecillos rígidos I a recién lleo- ada montaba en la nariz los lentes de oro, y abriendo un libro viejo con cantoneras rojas parecía aplicarse con ahinco a la lectura, que era, según supe después, del Año Cristiano. I a santidad de las narraciones que leía no apagaba el destello rencoroso de sus miradas furtivas al balcón de enfrente. Y á su vez la dama de enfrente avizoraba con cautelosa malignidad á la lectora de santidades. Eos ojuelos de las dos viejas refulgían como aceros que se esgrimen- delataban odios viejos, heredados de muchas generaciones, y tal vez las dos damas sentían también odios üersonalestai vez un rescoldo de antiguas pasiones, historias rancias. Aquellas miradas agudas parecían expre sion de refunfuños acres. Ea de las agujas calceteras mascullaría, entre los dientes repodridos pala bras como estas: Querrás hacerte la santurrona leyendo vidas de santos; ya estás muy viej a para sacar ejemplo; hace medio siglo, en tus juventudes, que debiste leerlas. Pero no; no las leiste. Y á su vez, la lectora del Año Cristiano gruñiría estas otras pay labras: Querrás hacerte la mujer hacendosa; más te vay. liera leer estas vidas santas. ¡Si las hubieses leído hace medio siglo, en tus juventudes... Pero no; no las leíste. De este modo las dos da mas c a d u c a s se zaherían á saetazos sordos, de vidriera á vidriera, en la calle angosta, solitaria. Hasta una tarde en que dejaron de sentarse detrás de los cristales. Eaausencia de las d a m a s p a r e c í a acrecentar la soledad de la MI calle d e la Ihientc de los tres caños, y un tañido de la campana de la catedral y otro tañido de la c a m p a n a de los Trinitai- ios la entristecía profundamente, a u n q u e la tarde era clara como de prim a v e r a y las golondrinas piaban y r e v o l o t e a b a n de alero á alero. De pronto oí que el balcón de la lectora se abría discretamente, y poco después el balcón frontero se abre también con misterio. Dos niños se asoman sigilosos; se miran a s u s t a d o s con un temor risueño. -Esta noche se ha muerto mi abuelita- -dice uno. -También esta noche se ha muerto la mía- -responde el otro. -Pues mañana jugaremos juntos. -Sí; m a ñ a n a jugaremos juntos. FRANCISCO ACEBAL DIBUJOS DE MENDBZ