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LA PIEDAD DE LAS MUJERES CARTA DE L N A Á TINO Tu Isabel, la modista madrileña que iluminó tu juventud pasada, de ti y de tus promesas olvidada, si tú no vienes pronto, se despeña; está de otro g- alán enamorada. Ayer la vi tan cerca de su amante como el robusto tronco de la rama; tú sabes quién es él; I uis San se llama veterano en amores y estudiante; los estudios le gustan á tu dama. El ídolo de arcanas perfecciones á cuyos pies cayó mi dicha rota y mi única ilusión hecha jirones; burlar al burlador de mis pasiones, traicionar á Tenorio, ¡qué derrota! ¡Cuánta ilusión sembrada en el vacío! Deja que de tus penas me lamente: tu dolor me recuerda el d u d o mío; verdad que es inhumano, que es impío fingir amor que el corazón no siente; fingir pasión devoradora y santa, prender la hoguera y apagarla lueg o aventando el rescoldo; -si esto espanta! El aire que penetra en tu garganta, ¿es verdad que no es aire, sino fueg- o? Hacer que vibre la pasión fingida como sirena en el humano acento, herir sonriendo y enconar la herida, ¿vei dad que esto ennegrece Jiuestra v da como una tempestad el firmamento? Yo estuve á ese suplicio conder. ada: ¿te acuerdas de mi historia? Es cosa vieja. Yo soy la pobre niña abandonada, la triste flor marchita y deshojada que su perfume á quien la estruja deja; tú eres el niozo alegre y pendenciero, ferviente admirador de la hermosura, que derrocha los años y el dinero; el gallardo estudiante callejero de noble rostro y varonil figura. Mi cariño fué lumbre, el tuyo nieve; mi virtud en tu altar sacrificaste, que al ídolo la sangre no conmueve; mi grande amor, tras resistencia breve, fué un cariño vulgar, y me dejaste... Y seguiste tu vida aventurera agostando inocentes corazones, tu vida independiente y callejera, tu miserable, tu triunfal carrera de falacias, engaños y traiciones. ¿Cómo al amor después rendiste el pecho? ¿Cómo ahora cae tu corazcSn deshecho víctima del desdén de una modista? ¿Cómo un estudiantino de Derecho le arrebata á donjuán una conquista Con el mismo puñal envenenado que tanto corazón ha traspasado ele inocentes y crédulas mujeres, caes al fin con el pecho atravesado: del mismo golpe que mataste, mueres. Adiós: lamento tu pesar; no llores, el llanto no conmueve á los traidores; hago esta afirmación por experiencia. ¿Quién la muerte lloró de sus amores como yo la lloré... Tuj a, Florencia. Por la copia, ViRGii, io COECHERO üIBUiO Í J E MÉNDEZ BRINfiA