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1 ü- P O R LOS A N D E N E S EXv i FRESO N hombre cruza á pasos lentos el andén solitario. Va esposado y entre guardias. Viste blusa azul, pantalón de pana, alpargatas blancas y boina; un pañuelito encarnado pinta alrededor del cuello, grueso y corto, una especie de cicatriz sangrienta, de anillo rojo, como el que deja la guillotina en las gargantas cortadas. Tiene el rostro ancho, cobreña la color hostil la expresión de las cejas y de la boca. Por los labios de todos los viajeros, asomados á las ventanillas del tren, corre la misma exclamación: ¡Un preso... ¡Es un preso... Le observan curiosamente, con un interés en el que 3 my admiración y miedo. Es un rebelde. Su rostro, endurecido por el sufrimiento, nada dice del drama de miseria ó de amor que le condujo allí; sus ojos, fieros, miran impávidos hacia el presidio. Su figura, no obstante, cautiva: es Uno... uno que se va; -por eso su gesto atrae, como atraen los muertos que nadie tornará á ver. El tren se ha puesto en marcha. El preso, sentado cerca de una ventanilla, contempla el paisaje, por donde pasan en melancólica cabalgata sus recuerdos. De pronto se estremece; ha visto un camino; un caniinito pintoresco y ondulante, que fué para él calle de amargura y atajo de perdición. Los caminos son trágicos; son las arrugas que las pasiones y el continuo afanar de los hombres van labrando en la tierra; arrugas tristes, como aquellas con que el cálido ir y venir de las ilusiones arañan el rostro. El preso ha vuelto á sentarse; baja la cabeza y medita: su amarga historia llega, pasa, vuelve. El adoraba en una mujer, pero ella quiso á otro, y él, celoso, la asesinó. Para su tosco espíritu, aquel rimen fué lógico: porque si el ver á la amada en otros brazos le hubiese matado de pesadumbre, ¿qué hizo él, matándola, sino defender su propia vida... Mas luego vino el Código á demostrarle que el amor, fuente de alegrías y de vida, no se mete en el corazón con la pimta de los cuchillos que dan la muerte. Primero, se vio en un calabozo, húmedo, obscuro, especie de nicho hasta donde ningún ruido callejero llegaba; después, en la Audiencia, sobre el banquillo de los acusados, expvLesto á las miradas de un público maleante y curioso. Aquello fué horrible: los jueces implacables le registraban la conciencia, aturdiéndole con preguntas capciosas; los testigos desfilaron, y todos parecieron tirarle á los ojos un poco de barro; el informe del fiscal le anonadó; una vacilación del abogado defensor acabó de perderle... El preso lanza un suspiro y mira á su alrededor: el cocne donde va es de tercera clase; los viajeros que antes le observaban atentos, ya le han olvidado; unos charlan distraídos, otros duermen; los guardias, sentados delante de él, fuman, impasibles como sepultureros, y como éstos acostumbrados á sacar de las ciudades lo nocivo, lo podrido, lo inútil. La silueta de aquel prisionero maniatado y condenado quizás á cadena perpetua, movilidad indedonde todo es inquietud, forma contraste rembranesco con el violento traqueteo del libre vagón, -r j A, A I, pendencia. Cae la tarde. Ante las ventanillas del coche, el horizonte proteico desgrana una catarata de panoramas multiformes: cañadas, vallecitos umbríos, llanuras grises inmóviles como mares de piedra, caseríos medio borrados en la bruma de la distancia y del crepúsculo, montes abruptos que, según el tren avanza, parecen dislocarse cambiando bruscamente de arquitectura y de color, conro apaleados por el capricho. El preso, con la frente apoyada sobre el cristal de su ventanilla, piensa que el mundo es grande y que pasadas algunas horas aquel ciego correr se habrá trocado en silencio y reposo. Es un maldito expulsado por su crimen de todas partes; nadie le- quiere; los postes telegráficos fluyen á millares, insinuando ante él reverencias fantásticas. Todo le despide: los mismos árboles sembrados á lo largo de la vía, los buenos árboles que nunca hacen daño, mueven sus ramas y también parecen decirle adiós... J DC VRDO Z A M A C O I S DIBU. 10 DE J. FR. INCBS