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mos ya lá excesiva confusión de clases, obra de la moderna democracia. Y en presencia del sombrero de paja, estimamos el don déla ligereza como un sano alimento para el cuerpo y para el espíritu... ¿Quién hubiera s o s p e c h a d o que pueden l e e r s e en el sombrero los hondos misterios del alma h u m a n a que han desvelado á todos los filósofos, desde Confucio h a s t a el Sr. Sanz y Escartín... Nada más cierto, sin embargo. Porque puede ase- bre á que alude el sen tido callejero de la palabra. P e r o insistamos: il y a fagots etfagots; es decir, hay gorras y gorras. En sus formas, clases, condiciones y precios, pued e n estudiarse también las aficiones, los gustos, el carácter y los medios d e fortuna de sus respectivos propietarios... Varían los modelos de año en año y cambia el tipo que tiraniza b u l e v a r e s playas y casinos; lo que nos mueve á pensar que las Memorias de un f abric a n t e de gorras serían in- x. g: urarse que, como cada función su órgano, todo acto de la vida crea también su sombrero correspondiente. Preguntádselo á nuestros elegantes, á nuestros pulcros daudíes, á nuestros correctos hombres de mundo. Leed á Brummel, ó, por lo menos, á Montecristo. Aunque no son precisas tales consultas. Nosotros mismos, sin ser elegantes, aceptamos las leyes de la moda y los fueros de la costumbre, y seríamos incapaces de llevar con el frac un sombrero ancho, ni de hermanar audazmente los pantalones blancos y la chistera ominosa. Y este es el mérito de la gorra, base de su rápida extensión y acatamiento. Con la gorra se puede ir á todas partes, se vaya ó no de gorra. Cae bien con todo y adorna y complementa dignamente todos los trajes. Creada para los días de lluvia, y condenada, por tanto, á vivir oculta bajo la capucha del impermeable, se h a elevado gallardamente y hoy vive triunfadora en todos los momentos, exhibiéndose altanera en todas partes: regztmgite tzí- rres pazíperum tahcrn (e. teresantes capítulos de la historia universal y curiosas monografías de las imponderables colonias veraniegas. Mas la gorra que tiende á eternizarse después de haber ganado todos los corazones en un instante de romanticismo amarillo, es la gorrita japonesa, fabricada en In- glaterra para que nadie dude de provechosas influencias. Con su platito airoso, su ancha cinta y su visera recogida sobre la frente, ella cubre las cabezas europeas, demostrando así una vez más lo sano de todas las pacíficas penetraciones. Pero escuchad, escuchad en secreto... Si buscáis, como es lógico, algo ligero, vaporoso, fresco, para que os resguarde la cabeza de las caricias estivales, yo os aconsejo que no os compréis una gorra. Y si la compráis... ¡dejadla en casa! ¡La gorra da un calor insoportable! A N T O N I O PALOMERO DIBUJOS DE XAUDARO Se ha extendido la sjorra tanto como la costum-