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IvJS. OOE. E. JL ON la llegada del verano llega también el triunfo de la gorra, ó mejor dicho, la extensióu de lo W i gorra, no menos amena é interesante que la extensión universitaria. Bn Madrid asoma tímidamente su visera sobre algunas frentes audaces ó despreocupadas. Pero en las playas y en los balnearios, y á todas las horas del día y de la noche, la gorra impone sn gesto triunfal, invitando á los espíritus curiosos á muy serias y trascendentales reflexiones. Desde el más humilde al más encopetado, todo veraneante lleva una gorra, por llevar algo en la cabeza. Y los balnearios y las playas, á vista de pájaro, ofrecen el curioso espectáculo de la más perfecta igualdad en las testas varoniles. Todas las cabezas son planas, vistas desde lo alto, con justo y saludable simboltímo... Una inmensa llanura obscura señala la presencia de esos seres que distraen con un leve paréntesis de frivolidad el fastidio ele vivir... I a gorra no es una creación del presente; es, por el contrario, tan antigua como el hombre... Pero il y afagots et fagots, es decir, hay gorras y gorras. Desde la modesta tapadera, nacida al alborear de la cnltura humana, hasta el airoso plato que cubre nuestra cabeza en las luminosas horas del siglo XX, una inmensa variedad de formas, clases y tamaños señala el progreso, la decadencia y las vicisitudes de esa prenda, complemento ó apéndice de la indumentaria masculina. El famoso profesor Teufelsdrockh, autor de la Filosofía del traje, cuya vida y milagros conocemos por los comentarios de Carlyle, hubiera escrito sin duda un admirable estudio sobre La gorra á través de los tiempos. Conocidas las ideas de Teufelsdrockh y su amor á la paradoja, quizás hubiere titulado su libro de esta manera, más sugestiva, más atrayente, y desde XVL O rass, e Tí C- tí: El tiempo d través de las gorras. Ño ya en la gorra, que es uno de los vastagos del sombrero, en el sombrero mismo, considerado como jefe de familia, puede estudiarse con fruto la historia de la humanidad. I as aspiraciones, los anhelos, los deseos del hombre, sus conquistas y sus triunfos, sus amarguras y sus derrotas, están señaladas con elocuencia por ese algo deleznable y torn: dizo que cubrió siempre su cabeza para defenderla de los elementos. Y también quedan reconocidas definitivamente en el sombrerolaenormevanidad de la especie y la ridicula tontería de la raza. Esas alas inmensas de los sombreros que flotan en las Pampas, ¿no hacen pensar en las ansias de volar muy alto que acometen á sus dueños? La elevación de los sombreros de copa, ¿no nos autoriza á creer en la elevación fantástica de sus poseedores? El clack, que nos asusta en los salones, sugiere ciertas ideas sorprendentes. Ante el sombrero hongo llora- Y