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Constituían la servidumbre, un matrimonio viejecillo, tres hijos de éste, fuertes, mocetones como hechos. para luchar con el terruño; el tío Quico, liombre rudo y ao; reste, pero muy bonachón y tan cabal como el primero, y Petrilla, una moza morena, sobrina del matrimonio anciano y novia del más joven de sus primos. El ama, como los criados llamaban á Celia, conversaba largamente con ellos cuando los cogía á todos reunidos, y pasaba ratos deliciosísimos oyéndoles hablar de sus faenas, y sorprendiendo las miradas apasionadas que Petrilla y su novio se dirigían á espaldas de los viejos, que consideraban prematuros tales amores. Aquella paz tan dulce que del grupo trascendía, la encantaba; aquellos amores sanos, que esforzábanse por permanecer ocultos, latraían recuerdos que tenían para ella el encanto de lo no conseguido; aquel calor de familia, aquella unión en que los humildes afianzaban su felicidad, aquel cariño fecundo en alegrías é ilusiones, aparecían ante sus ojos mostrándole el ideal de toda su vida, el ideal que. acarició en horas de ensueños no turbados hasta que la mano del viejo adinerado se unió bruscamente á la suya. Y llevaba hasta tal punto su afán de vivir la vida de los labriegos, que algunas veces salía á las tierras y permanecía en ellas largo rato contemplando la lucha que entablaban con el terruño. u n a tarde, próxima ya la hora del crepúsculo, salió, como de costumbre, á las afueras del pueblo para presenciar el regreso de los gañanes. Extendió la mirada por la llanura y vio venir en dirección á la aldea varias parejas de muías sobre las cuales aparecían montados á mujeriegas los mozos aradores. A enían pausadas, rayando con los timones de los arados el camino, levantando á las alondras de los surcos, dejando oir el acompasado golpeteo de sus cascos. El campo que dejaban atrás quedábase solitario y triste, y parecían acentuar la soledad el suave susurro de los pinares que en el límite de la campiña aparecían como pinceladas verdes, los aleteos de los insectos que pasaban zumbando junto á los oídos, los chirridos de las carretas que se alejaban pesadamente por el camino vecinal, el rezongueo del, telégrafo, tendido á lo largo de la carretera: Cuando ya faltaba poco para que las yuntas llegasen al pueblo, vio Celia que una de ellas se adelantaba. El mozo que la dirigía aguijoneaba las muías, y éstas, trotando, no tardaron en acercarse á una fuente donde una moza llenaba un cantarillo. ¡Petrilla! ¡Petrilla: -gritó el mozo. ¿Quieres subir sobre la Torda? Te pesará menos la carga. La muchacha no se hizo rogar. Subió á una piedra, y después, de un salto, quedó sentada en la muía en que el gañán iba montado á mujeriegas. Luego volvió la yunta á recobrar la marcha y aquella pareja, que unía el amor, vínose al pueblo acariciándose con la mirada y estremeciéndose al poner en contacto sus rostros. Celia contempló la escena un instante, y al surgir en su mente, evocado por la felicidad que envolvía á los amantes, el recuerdo de. su hogar sin icariño y de su juventud sin amores, tornó, llorando, á encerrarse en el antiguo y obscuro caserón. Al llegar á la puerta se encontró con el tío Quico y precipitadamente sacó el pañuelo y se enjugó las lágrimas; pero no logró borrar la huella de su dolor. P: 1 fiel criado, que ya conocía su pena, se fijó en sus ojos y la dijo entre cariñoso y compasivo: ¿Por qué llora el ama? -No, si no lloro; es el viento, el polvo. Un granito de arena, ¿sabe usted. un granito de arena... Y entró en la casa presurosa para evitar que una nueva mirada descubriese la falsedad de sus palabras. p; i tío Quico no hubiera osado volver á interrogarla. A él también, en algunas oca. siones, le había azotado en la cara el viento de la tristeza y sabía que esos granitos de arena entran por los ojos, pero llegan al corazón v allí se quedan ocupando el hueco que ocupara antes una esperanza. fínicamente volvió á hablar aquélla tarde al ver apearse de las muías, junto á la casa, á Petrilla. y á su novio. ¡Que no os vuelva á ver venir así de las tierras! ¡Tomal ¿Pues qué mal hacemos con eso? -s e atrevió el gañán á contestar tímidamente. -Levantáis mucho polvo y ese polvo hace llorar á unos ojos muy negros, á unos ojos qi e 111 UV tristes y que debían ser alegres... Y echó á andar calle abajo para que no vieran que él también lloraba, ARTURO G CARRAFEA