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Mas un día ya no escuchó la voz de su nodriza. Ibrahim había prohibido á Aurelia que cantara, y únicamente, incrustando su cabeza sobre el recio portón, escuchaba muy tenue, muy vago, el susurro del huso, del huso que, al girar, retorcía el hilo de su mortaja. Y una tarde tras otra, apoyando su cabeza sobre el sólido maderamen, oía Rodrigo aquel temblor, aquel sutil gemido del aire y el quedo giro del huso, que en cada vuelta sentenciábale de muerte, prolongaba, sostenía su esperanza de vivir, de amar, de ser libre y dichoso. Murió el señor de Buitrago en una escaramuza, defendiendo el pendón de Navarra contra la hueste del Rey de Castilla. Las avanzadas de este ejército real entraron á saco el castillo de Buitrago é Ibrahim pereció entre sus defensores. Cuando ya todo era ruina y desolación é incendio en la señorial fortaleza, vióse avanzar por entre los calcinados muros á un pálido y endeble mancebo, apoyado en el brazo de una viejecita que llevaba una rueca en la mano. Salieron los dos trabajosamente al campo, k V- g 4 1 w m Si iN. V- VV lulos de mortajas. A Y sólo le resta al atitor que los lectores le perdonen por haber evocado figuras de guerreros 3- judíos para satisfacer deseos de un artista aficionado á los trazos y á los ambientes medioevales. La invención de este cuento es pagana. Ya los griegos, al imaginar que Cloto, la parca hilandera, hilaba con su rueca nuestras vidas, supieron que en el ruido del huso vibraba tersa, sutil y hermosa la esperanza. JOSÉ DR ROURE L IBUJOS DE f É N D E Z líRIXGA.