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sión indefinible de burla y alegría, abofeteóle repetidamente el rostro. I, a atroz injuria no arrancó un gesto de aquel altivo semblante. ¿Qué muerte le daremos? -preguntó á Ibrahim el señor de Buitrago. -Tú eres hábil en torturas. Discurre alguna muerte larga y dolorosa, un martirio que satisfaga la cuenta de penas que los suyos nos deben. ¿Le mataremos de hambre, de sed, desgarrando lentamente sus carnes, inventando cada día un dolor nuevo? -No- -respondió Ibrahim, -5 a tengo la muerte que deseas: le mataremos lentamente ¡La esperanza! ¡no hay martirio mayor para los hombres! Los martirios del cuerpo embotan al cabo la sensibilidad del que los sufre; las heridas de la esperanza duelen siempre como un dolor nuevo, Bs joven, es robusto, ama la vida; cada vez que quebremos su esperanza de ser libre, de amar, de vivir, padecerá tan, loca y vivamente como si no hubiese sufrido nunca. -A ti te lo entrego- -dijo el señor de Buitrago, -tú serás su guardián y su verdugo; que lo lleven al calabozo de la torre. Y Rodrigo fué conducido á la prisión. Aurelia, su vieja nodriza, quedó en el castillo de Buitrago como la más despreciada y zaherida de las siervas; los más tí Í, FTÍ FSÍÍ bajos oficios fueron su patri monio, y burlas y golpes sus únicos gajes. Tenía el calabozo en lo alto de uno de los muros estrecho ventanal, defendido por espesa reja. Rodrigo no podía trepar hasta ella; pero ¿qué importaba? La luz del día se filtraba por entre los hierros del ventanal, y también ruidos del viento, lejanas canciones de pájaros, rumores, en fin, de vida que, unidos a l a luz, satisfacían el ansia de vivir de Rodrigo, alimentando con hartura su esperanza. Demasiado lo sabía el astuto Ibrahim; pero dejaba que su prisionero disfrutase de aquel festín del alma, para que la pérdida de tantos bienes le arrancara luego mayor y más amargo llanto. Y a s í de- spués de haberle acostumbrado á taniaiía dicha, un día mandó tapiar el ventanal de las alegrías por donde, en rayos de luz y con música de aves, entraba la vida, y el infeliz prisionero, sumido en la obscuridad y en el silencio, lloró largamente sobre sus quebrantadas esperanzas. Y el viejo I b r a h i m sabía también que aún le quedaba á Rodrigo, para seguir amando la existencia y soñar futuras felicidades, el pretexto de un compañero de prisión, mísero pajarillo q u e perseguido sin duda por algún ave de rapiña, habíase refugiado cierta tarde en el calabozo, deslizándose tembloroso por entre las rejas del ya tapiado ventanal. Pero Ibrahim nada dijo á su víctima del ave compañera y permitió largo tiempo aún que en el pecho de Rodrigo, donde éste solía ampararle, se a l b e r g a r a aquel ser que tenía alas. Sobre un corazón juvenil las alas de un pájaro bastan para que la esperanza se confíe y embellezca la vida. Al cabo, el cruel judío privó á Rodrigo de su compañero, 3 el infeliz mancebo no lloró ya, por ser su dolor demasiado grande para las lágrimas. En la obscuridad, en el silencio, en la soledad, su esperanza se debatía pidiendo vanamente un aleteo que la sostuviera. E ibrahim llamó á Aurelia, la nodriza, y le dijo: -Todas las tardes te sentarás á la puerta del calabozo con tu rueca en la mano é hilarás este lino, con el cual ha de labrarse la tela que amortaje á Rodrigo. Mientras hilas, puedes cantar las canciones que le cantabas en su niñez para adormecerle. Así lo hizo Aurelia, y el prisionero, á quien su verdugo advirtió que ya las manos trémulas de la nodriza estaban hilando su mortaja, al escuchar aquellas canciones intensas, candorosas, rosadas, olvidábase de su trágica suerte y sonreía esperanzado como un niño.