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I Bíancoy legro Kwistó ííusfmía ANO XVI MADRID 3o J U N I O D E 1906 NUM. 79. t, LO QUE NO MUERE IOSKÍDO de brutal alegría, que iluminaba como resplandor de incendio sus rudas facciones, tornaba si señor de Buiírago á su castillo, íil frente de sus ecscuderos y hombres de armas, cargados de botín y ahitos de matar. En medio de la tropa salvaje, sus insultos y sus risas, caminaban, sujetos por los mismos cordeles, dos prisioneros: un joveu de aspecto robusto y decidido que, aun bajo el peso de la tristeza del vencimiento, del dolor por la muerte de los suyos y del cansancio de la reciente lucha, pretendía mantenerse erguido como en desafio á sus guardianes, y una viejecita, rugosa y amedrentada, pobremente vestida, que iba arrastrándose casi al lado de su arrogante compañero, el cual tenía que detenerse á cada in, staate para que la infeliz no se desplomase sobre el suelo. Así, y mientras el sol con soberana indiferencia iba trasponiendo la cumbre de los montes, subían todos! a áspera cuesta del castillo, á cuyo final y ante la recia puerta forrada de hierro, divisábase la figura angulosa de un viejo, la cabeza del cual cubría un birrete puntiagudo, y el cuerpo, una astrosa hopalanda. -Regocíjate, Ibrahim- -le gritó el señor de Buitrago; -el castillo de Albaaés es un montón de escombros; sus defensores han perecido y te traigo prisioneros á los dos únicos que sobreviven á la ruina de aquella casa maldita: el soberbio Rodrigo y la vieja loca que, al nacer, le recibió en sus brazos. ¡Mírales, mírales! Tus hermanos de la judería de Nájera, pasados á cuchillo por el padre de este mancebo, ya no te desvelarán con sus apariciones para pedirte venganza. También mis hijosasesinados por la fiera de Albanés, se aquietarán en sus tumbas. Corrió el viejo hacia el grupo de los prisioaeros, y después de contemplar á Rodrigo con una expre-