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Y se necesita mucha cantidad para esas operaciones? algunos casos, basta or. -Muy poca; se emplea en porciones tan infinitamente pequeñas que, hablar del rt 7 í? rá; z para que produzca efecto. -j- El neo- ro chauffeur escuchaba atento y atónito cuanto el doctor decía, acariciando la idea de- si, ta i vez, el radüim podría servir para convertir en blanca su piel. Pensando en esto, olvidó su misión; ei automóvil se desvió del eje del camino y fué á chocar contra un poste del telégrafo. Afortunadamente no hubo desgracia personal que lamentar. Todo se redujo al susto consiguiente y á la rotura de los faroles que en la delantera del vehículo iban alumbrando la carretera. -No importa- -dijo el negro, -yo veo perfectamente en la obscuridad y me comprometo a entrar ei- Alcalá sin más contratiempo. Y dicho esto, volvieron á emprender la marcha á toda máquina. Se encontraban entre Torrejón y Alcalá cuando el doctor notó que le arrancaban ei sombrero. ¡Alto! -gritó al chaiffeur, tv, el automóvil, que se me ha ido el sombrero... Pero el automóvil continuaba su vertiginosa carrera. Entonces el doctor echó mano al volante y lo detuvo. Lebrija y el chauffeur estaban inmóviles. El doctor le. s dirigió la palabra y no obtuvo contestacioa. Algo extraordinario ocurría. Encendió un fó. sforo y quedó horrorizado. A sus dos acompañantes les faltaba la cabeza. j i i Indudablemente habían sido decapitados por la misma causa que arranco el sombrero del doctor. Este bajó del automóvil y fué en busca de las dos cabezas, que encontró en una cuneta, t l n hilo telegráfico, causa de esta horrenda catástrofe? á unos dos metros del suelo. jCuál había sido la desprendido, que cruzaba el camino al El doctor llevó las dos cabezas al automóvil y, gracias á lo reciente de la separación y a tubitc de radium que sacó de la caja, consiguió colocarlas y unirlas á sus cuerpos respectivos. ¡Loor á la ciencia! leras luces de Alcalá, el negro chauffeur y Eebrija besaCuando en el horizonte se divisaron las prime ban, agradecidos, las manos del doctor. Al llegar al hotel de Lebrija, la esposa de éste esperaba impaciente en el vestíbulo. lo a su m a n a o y lanzó in grito desgarrador. I ebiija traía puesta la cabeza del negro chauffeur; el negro, la cabeza del señor de Lebnja. Con el natural azoramiento, la precipitación y la obscuridad de la noche, el doctor había equivo El caso era apuradísimo. ¿Cuál de los dos era el esposo de la señora de Lebrija? La cabeza de éste tenía derecho á dirigir frases cariñosas á dicha señora; el cuerpo de Lebrija podía abrazarla. El doctor propuso una nueva decapitación para deshacer el error; pero se negaron a ello el negro con cabeza blanca y el blanco con cabeza negra, y como ambos pretendían ser el seuor de Lebrija, los Tribunales de Ju. sticia tomaron cartas en el asunto, sm que hasta la fecha haya recaído taUo. vSaluierón- se encargó de defender los derechos del negro con cabeza blanca; í ocedal defiende ios del blanco con cabeza negra. i t Hasta tanto el pleito no termine, Lebrija y su criado asisten a las sesiones del Congreso como dos seres complementarios. El negro, con cabeza blanca, toma la palabra. El blanco, con cabeza negra, acciona. -VÁTT- MKLITOX GÜINZALEZ