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-V -r r C JLISZT J L S J L T D- S y si revoltoso corre el pequeSuelo, inquieto le escucha, alta la cabeza y atento el oído, dándose en el rostro toda un alma ansiosa ae pugna impotente, dcAorosa y trágica, por salir y asomarse á los muertos dilatados oíos. Con precoz instinto y con mimo y con gracia infantiles, corresponde al amante cuidado del abuelo, su nieto, que tiene rasgos deliciosos: ¡Apa, aielo! ¡Pomer, ábelito! lira ciego el anciano... Vivía, el pobre abueiito con su hija menor, ya casaaa. que tenía un nene, al cual no podía soltar de los brazos por el celo grande que le había cobrado el pequeño. Quitándose al niño del pecho, la hija le dice al anciano: -Tómelo usted, padre que me deje hacer algo. FJ. abuelo toma al nietecillo ¡sobre las rodillas, delicadamente, y su venerable rostro se ilumiaa con un gozo vivo que parece la luz de su alma... ¡Aquella luz pura que salir ya no puede á los tristes apagados ojos! Ya con él á solas, el abuelo palpa y con las temblorosas manos la carita del niño que duerme y corno una cosa sagrada lo besa, ¡rozándolo apenas con los labios fríos! El nieto se cría saludable y fuerte. Tiene ya dos años y está á todas horas con el abuelito... El uno no puede pasar sin el otro, y se llevan tan bien, que parecen vieios camaradas. Como centinela vigilante en la más negra noche, intranquilo y alerta, amoroso, cuida el ciego del niño: sus leves menuditas pisadas conoce... le adivina cuando calladito y cerquita lo tiene... dice el niño guiando á la mesa de la mano cogido, al anciano. Y el nieto, que ha visto poner á la puerta todas las mañanas, al sol, una silla, para el pobre abuelo, con sus débiles fuerzas arrastra la silla y conduce también al anciano, fijando en el rostro dolorido del ciego su dulce despierta mirada, con gesto piadoso Y todas las tardes cuando le prepara la merienda á su niño la madre, pide el pequeñuelo para el abuelito, faltándole el mundo por llevarle al anciano de todo. Entonces el ciego on ternura retiene en los brazos al niño y lo besa... y desmesurados abriendo los tristes apagados ojos, que en vano en el rostro del nieto se clavan, con mortal desaliento le dice: ¡Qué gozo poderte ver! ¡Qué bueno que eres! ¡Qué hermoso que debes de ser. hijo mío! VICENTE MEDINA DIBUJO DE EEGISOR