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¿Qué habéis lieclio? f- r- -Poca cosa. Alj unos i etratus, milagros, santos... nada. ¡Bien poco es! Pero ¡querréis pintar algunas cosas más altas y divinas! ¡Oh, hermano, me habéis entendido! Cosas muy altas, nruj profundas y muj divinas. l Ie andan por dentro, me golpean, me hieren, me postran al fin. Es un martirio de pecador, del que huyo corriendo de día y de noche como un energúmeno. A veces digo; Condenadas cosas, ¡salid ya! Que os den el aire 3 la luz para asombrar, oor malas ó por buenas, á los pobres hombres. -J r j í 1 1 á A í f i jíí- TCo saien. Parece que están agarradas á mis entrañas como esas raíces que se hunden en el corazón de los peñascos. Las podemos romper, pero no salen tal como quisiéramos. El hermano Elias estaba hosco, erizado y fosforescente como un gato durante la tempestad. Estaban, solos en el sombrío refectorio; u n lamparín agonizante apenas alumbrábalos cadavéricos pies del santo y las dulces palabras de su emblema: CharüasBonitas. Porfuera, las ráfagas otoñales q u e venían del Tajo se llevaban las últimas hojas de los árboles. ¡Desgraciado! -dijo Elias. ¿No sabes que esas cosas grandes é ina. i i tas h a n nli l -ya, han advenido p o r mediación de mi alma y de mi pincel, sacramente inspirados? Nadie ha sabido ver, ni pintai, ni representar las cosas como son, no como aparecen. ¿Y tú, ruin gusanillo del Arte, quieres encontrar el verbo y hacerlo carne entre tus manos? Ven y humíllate. El aventurero fuese tras del hermano Elias, en un estado del todo semejante, es decir, crispado, trémulo y excitado á más no poder, cual si los efluvios de alguna nube tormentosa, preñada de relámpagos, le sacudiesen y erizasen. Al llegar á su celda (muy espaciosa para lo que permite la Regla) dijo el hermano con cierta extraña solemnidad de voz y de gesto: Jurarás que cuanto voy á enseñarte lo has de guardar para tu gobierno, sin comunicarlo con ánima viviente.