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v I OS G R KÍIDES LOCOS A crónica vulgar no será puntualísima, porque anda desparramada y suelta en la- memoria d la buena gente, mas sí erídica como cualquiera otra. H a y también, aunfnie en ¿ran m r r arrasada, una copiosa crónica de los conventos, igualmente ingenua, sugestiva y veraz Cada vez que recuerdo que con las nobles páginas de un documento de esos hemos en- ueíto brn ños para que colgados se secasen, no acierto á explicar mi desesperación. ¿No más pecado- U -ese Acusóme de otro tan grave, si no mayor. Yo he quemado, roto y desperdiciado en mis- nfa ntiies iuegos un maravilloso Tractado de la Jineta y otro de la Destreza v Arte Cisoria, con no sé cuánt? a láminas grabadas en madera; dos libros que valdrían bien un par de majuelos. Digo que por sanas y autorizadas referencias de una crónica conventual, desaparecida el año de la exclaustración, conozco el raro suceso que os contaré, con permisión de Dios. Y es como sigue: En una noche lluviosa de las de otoño, llegó á la portería de un convento de franciscanos de la Sagra, de Toledo, un hombre entre aventurero y mendicante, entreverado de fraile y de caballero que por strs trazas y maneras daba claros indicios de no andar muy á las cabales en el punto niás alto de su persona. Fué recogido con amor, escuchado con paciencia y consolado con piedad. Supieron que en la pintura era maestro (ó algo menos si se rebaja lo que haya de más en la propia estimación de los méritos) y en tal punto de la confidencia saltó, con los ojos ardientes como dos ascuas vivas, el hermano Elias extraño personaje que vagaba como un sonámbulo por el convento, sin espíritu de obediencia ni ins- tinto de comunidad: ¿Lue. go pintor sois? -Y no de los peores, hermano; os lo juro por la Santísima Cruz. M