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GALERÍA DE FIGURAS SIN RELIEVE Ij xisTEN en nuestro Museo del Prado salas muy poco íavorecidas por el público. La turba inM docta de curiosos detiénese con preferencia ante los cuadros más próximos á la entrada del edificio. Bien pronto los lienzos de la galería central, sala de Velázquez y rotonda de Muri 11o, fatigan la atención de las gentes, que dan por terminada su vi. sita sin llegar jamás á las tranquilas estancias destinadas á Escuelas extranjeras. En estas silenciosas y abandonadas salas, donde mil veces sentí, al penetrar, cierto rubor de línico visitante, he Sorprendido la aburrida figura del ujier que custodia las telas magistrales. No lie de intentar haceros el retrato de este hombre que, embutido en el largo levitón de dorados galones, vaiía en cada caso. El interior humano de esta figura no es interesante. La figura misma, sí. El ujier de la sala oco visitada es una abstracción independiente del individuo, y sea éste uno ú otro, al hallarse en aquel medio, con aquel uniforme y desempeñando aquel cargo, procede siempre de idéntica manera. Y este proceder es la encarnación del más horrible tedio. Cansado de contemplar aquellos cuadros que le rodean, jamás los mira. En un lugar destinado á distraer el ánimo de las gentes, él se aburre. Con agobio de condenado, pasea desde un jardín de Brueghel hasta el aparato de calefacción. Llegado á éste, torna otra vez hasta el cuadro, sin que en ninguno de sus paseos repase una línea tan cercanos limites. Procurando romper esta monotonía, siéntase á veces en un rojo diván de terciopelo ó en una silla de paja que para su uso oficial tiene reservada. Allí dormita sin cerrar los ojos, hermanando sus deberes de vigilante con sus flaquezas de hombre. El más grande favor que puede hacérsele es dirigirle una pregunta ó entablar con él conversación sobre la historia de algún cuadro de su sala. Ávido de sucesos que le distraigan, juzga suerte benévola que se le ocurra á un copista venir á estudiar tal ó cual maestro de los comprendidos en sus dominios, ó que un guardia entre á calentarse y á deslizar en voz baja algún pequeño comentario político. Enera de estos placeres, el ujier se aburre. Su vida oficial raras veces se altera. Un día, sin embargo, tuvo que llamar al orden á unos muchachuelos que en grupo alborotaban. Eran imberbes estudiantes que allí habían ido con la picaresca intención de recrear su vista en los femeninos torsos de Rubens y en las palpitantes redondeces de la Maja desnuda. Esta suave advertencia á la fogosa inquietud de los mozalbetes, y el solícito cuidado con que una tarde pisó una cerilla que junto al suelo ardía, han sido sus más salientes servicios. Otro desempeña además. Terminadas las horas de entrada pública, da unas fuertes palmadas que retumban en el desierto salón, y á cuyo conjuro sale de él el único individuo que en momento tal le visita. La desproporción entre aquel ruidoso batir de manos y la pequenez del resultado obtenido, produce cierta amargura. Pero el ujier ha terminado su enojoso servicio. Yo muchas veces pienso con miedo en los grandes ratos que debe pasar completamente solo entre aquellas pintadas figuras que, inmóviles mientras el público las contempla, quizás asólas se animen y hablen. ¡Quién sabe si algún noble caballero flamenco entretiene con el relato de picantes historias los largos ocios del aburrido ujier! L U I S DE TAPIA DIBUJO DE SANCHA