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LOS PALETOS Ei í? ADRiD lia tenido el honor de albergar durante las pasadas fiestas á un número considerable 5 VAV! gj de ciudadanos sencillos 3 modestos que salieron de sus rincones para asomarse al mundo desconocido. Hasta los ignorados pueblecillos donde moran, apenas si llega el eco de los rumores de la vida. Sus días se deslizan lentos, monótonos, igixales, con uniformidad que á nosotros nos parece trágica y que es, sin embargo, prenda de paz y prenda de sosiego. Su espíritu, no conturbado por ninguna idea, goza de esa calma que envidiamos, como se envidia un imposible, cuantos nada hacemos por adquirirla. Su existencia, callada, silenciosa, está sujeta á la misma rotación del planeta. Sus fechas se cumplen con la propia fatalidad que impulsa la marcha de las estaciones del año... Nacen, crecen, se casan, se reproducen, envejecen, mueren... ¿Son felices? ¿Son desgraciados... Nosotros creemos en su felicidad, como ellos creen en la nuestra cuando el eco de los rumores de la vida lleva hasta sus rincones el ansia de asomarse á lo desconocido... Es ttn momento, á veces pasajero, á veces tenaz, que les obsesiona y les conquista. XJu vecino que fué soldado, cuenta una noche junto ai hogar, donde cuecen las ollas y se asan las patatas, algo que ha vi. sto en sus largas correrías por la ciudad: las casas con cuatro ó cinco pisos, las mujeres con plumas y brillantes, los señorones con bandas y con cruces, servidos por criados con uniformes... El señor cura recuerda una tarde la gran fiesta de la iglesia- -toda llena de luces, de dorados, de música y de incienso- -donde recibió las órdenes, ó rememora la capital donde hizo sus estudios: con su obispo, que salía bajo palio escoltado por las tropas; con su capitán geneial, que lucía una gran pluma y unas grandes espuelas en los momentos solemnes; con su gobernador, que llevaba un bastón de concha con borlas de plata... El médico refiere sus calaveradas de estudiante, en los teatros, en los bailes, en las salas de juego, en la Universidad amotinándose con otros compañeros, en las calles y plazas con jardines persiguiendo á las muchachas, y, acaso, saboreando sus promesas... El barbero, por su parte, lee una tremenda novela en dos tomos, donde se habla de unas cosas que parecen así como de cuentos ó de historias inaravillosas... Y aquellos pobres seres, que escuchan atentos, inmóviles, asombrados, sin perder una sola palabra y como si quisieran beberías todas, sienten por vez primera algo extraño que cruza por su cerebro tosco y enmohecido como una ráfaga, pero que les intranquiliza el sueño y les hace emprender al siguiente día con disgusto sus tareas habituales. Una tarde, el señor cura, el médico, el barbero ó el vecino que fué soldado, llega con un periódico cualquiera- -El Imparcial, El Siglo Futuro, El Defensor... -y lee un largo artículo donde se cuenta que va á casarse el Rey de España, que acudirán á la boda muchos Príncipes extranjeros, que en Madrid habrá iluminaciones, retretas, revistas militares; y se describe el traje de la novia, los regalos recibidos, los que van á recibirse... Entonces aquellas gentes sienten renovarse el ansia c ue les perturbó un momento, 5 ya no viven ni descansan obsesionados por esta idea: Hay que ir á Madrid Y á Madrid han venido á presenciar las fiestas, con sus pintorescos trajes, hombres, mujeres y niños, salidos de esos ignorados rincones de los que apenas si tenemos noticia. Su presencia lía sido, como siempre, motivo de regocijo para los eternos paseantes de las ciudades populosas. Se han reído al encontrarlos parados en mitad de la calle, admirando unas colgaduras ó contemplando un edificio; al verlos pasar cogidos déla mano, como si tuvieran miedo de perderse; al hallarlos en un café, sentados ante unos sifones cuyo uso apenas si conocen. ¡Estos paletos! se han dicho compadeciendo su ignorancia... ¡Esíos paletos! El cobrador del tranvía les ha chillado porque no avisaron á tiempo, y el guardia, porque no hicieron caso de las Ordenanzas municipales, y el transeúnte, porque no saben andar entre la gente. í Ivos poetas cómicos les han tomado el pelo en los periódicos, y los autores dramáticos les sacarán otra vez á la vergüenza pública, en una revista ingeniosa, poniendo en sus labios cuantos disparates se les ocurran... Y, sin embargo, los paletos no han ofendido á nadie, no lian molestado á nadie, no se han metido con nadie. Han dejado en Madrid su buen dinerito, y han procurado verlo todo como cualquier ciudadano... ¿Por qué ese odio, por qué ese enojo, por qué esas burlas contra los pobres paletos? Ellos no han cometido más pecado que el de la curiosidad, ni ostentaron más vicio que el asombro... ¿Y quién, ante lo que le maiavilla ó le sorprende, no es también curioso y no se asombra? ¿Quién, en presencia de lo desconocido, 110 se siente con alma de paleto? DIBUJOS DE XAUnARÓ ANTONIO PAI OMERO