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ANO XVI MADRID) 6 J U N I O DE 1906 N U M 789 sentado ante su hombre más atildado, más correcto, más impasible que D Antonio; cuando la invasión del romanticismo, él en medio de la quimérica ofuscación de sus contemporáneos, permaneció frío, sereno; no se dejó arrastrar por estas fantasías locas y absurdas; tenia en su pluma una fina ironía, y él la empleó en dar discreta valla i estos hombres fantasmagóricos v melenudos. Ahora estamos en 1861; D. Antonio se halla en estos iiomentos haciendo el examen detenido y concienzudo de una obra dramática. I a escena es en Sicilia en tiempo de las Cruzadas- escribe D. Antonio. -El joven Alfredo vive en su castillo, agitado de tristes pesares y negros presentimientos: éstos no se justifican: aquéllos tienen por causa el ignorar la suerte de su padre, que fué años atrás á combatir con los infieles en Palestina... En este momento, es decir, cuando Alfredo está amargado por ignorar la suerte desupa dre, se abre la puerta del despacho y aparece en el umbral una señora; es la señora de D. Antonio; éste levanta la cabeza de las cuartillas un poco contrariado. Antonio- -le dice á nuestro amigo la señora- ¿no vas á retratarte? Y luego añade como exponiendo una razón suprema: Son ya las diez Sí, sí- -contesta entre dientes D. Antonio- -voy á ir á retratarme Retratarse en 1861 era una empresa terrible, colosal- este fotógrafo á cuyo taller ha de ir D. Antonio ha hecho ya los retratos de multitud de personalidades importantes de la política y de la literatura; en la colección falta la efigie del insigne humorista, y ésta es la causa de los dos ó tres recados que el fotógrafo ha enviado á casa de D. Antonio y de la impaciencia de la señora de nuestro amigo. Pero ya D. Antonio se ha levantado de su sillón, se ha quitado el batín (un literato de J 8 6 I no podía escribir sin batín) h a dejado sobre la mesa el o- orro (tampoco en 1861 se podía escribir sin un gorro redondo) y ha requerido, en resolución, la levita y el sombrero de copa. D. Antonio es un elegante; tiene un bigotito chiquito y una mosca casi invisible; su cráneo anarece liso, pelado; pero una corta, discreta melena cae por detrás de las orejas. Nada hay más limpio v más correcto que su larga levita. Y existe en toda su persona ese atractivo esa gracia invisible, ese no sé qué de los escritores que en su juventud han sido satíricos tremendos y que luego la experiencia de la vida y del mundo ha hecho resolver sus furores en una ronía mansa, suave, indulgente, en el fondo igualmente corrosiva que las diatribas de antaño, pero compatible con todas las instituciones, con todas las éticas, con todos los derechos adquiridos y con todas las tradiciones de nuestros mayores. D. Antonio ha llegado ya al taller del fotógrafo. Cuando el fotógrafo lo ha visto entrar ha tenido una gran alegría. ¡Caramba, D. Antonio, tanto tiempo esperándole! -ha gritado. Vamos, vamos- -ha dicho sonriendo D. Antonio- -ya estoy aquí Y luego de r. u momento de charla se ha procedido á la operación trascendental y delicada de hacer el retrato. Repetimos una vez más que estamos en 1861 y queremos por lo tanto que los espíritus frivolos que ahora ven hacer un retrato en un periquete, á tontas y á locas, se hagan cargo de lo que entonces representaba un acto de esta naturaleza. Durante un largo rato han es tado discutiendo el fotógrafo y D. Antonio en qué actitud había éste de colocarse; al fin, han decidido que D. Antonio se retrataría sentado. ¿Y esta mano? -ha observado nuestro amigo. ¿No estará así mal, colgando, sin nada? Es verdad- -ha replicado el fotógrafo mirando sentado á D. Antonio; -es verdad. ¿Por qué no coge usted con ella el pañuelo? I) Antonio ha sacado el fino pañuelo de batista y lo ha tenido cogido con la mano- -como las infantitas de Vélázquez; -después, bien apoyada la cabeza en el tripe, ¡e reparad el pie entre las patas de la silla) bien ergu. do al busto, ha permanecido en esa guisa cinco minutos y eliotógrafo ha dado por terminada la tarea. No había que hacer más. Cuando D. Antonio ha llegado á su casa, después de dar otro breve y tranquilo paseo, ha cogido el batín, se h a posesionado del gorro y ha continuado trabajando en su crítica concienzuda. Alfredo se decide también á seguir los estandartes de la Cruz, tanto por buscar á su padre, cuanto por huir de aquella ansiedad que experimenta y que el espectador no puede interpretar de otra manera que por la necesidad de amar. Sin embargo, Alfredo... AZORÍN Antonio Mar. a Segovia está R ETRATOS HISTÓRICOS. DON ANTONIO. Donseguramente que no conoceréis mesa 3 va escribiendo la crítica de un drama;