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paz. Es un hueso de oliva de aquellos santos oiivcs del divino huerto donde el Señor sudó sangre... Besadlo como reliquia santa venida de Jerusalén. Con exquisitos cuidados se preparó la tierra, bien mullida y abonada. La reliquia fué enterrada someramente, después regada y, por tíltimo, cercada con un círculo de cañas. x ntes que amaneciese, el gallo, arrogante y atrevido, se puso de un vuelo sobre el tapial. Después de cantar una y otra vez saludando al día, saltó al corral de las ñores, y aquí picó, allá escarbó, llegó al cíixulo de cañas. -Esto es cosa nueva, debió pensar. -Y con desenfado de gallo viejo y consentido, escarbó, revolvió, echó al aire el mantillo, y al fin dio con una semilla rara, que al punto se tragó muy gentilmente. Los que primeramente salieron y echaron de ver el destrozo, sintiéronse desolados: ¿Quién le dice á la abuela... -Ambrosio cogió la escopeta y estuvo á punto de meter en el cuerpo del diabólico gallo seis onzas de perdigones loberos. Pero habido consejo, convinieron en disimular y encubrir los vestigios de esta hazaña. La vieja iba decayendo de día en día; ya no podía moverse, y en el sillón la llevaban j u n t a al driol. ¡No brota! -Ya brotará, abuela; todavía no es tiempo. Y pasaron días, semanas y meses, hasta que la hermana Claudia entró en agonía y se dispuso al trance. ¡ICo brota! Y eso es que el Señor no me quiere. Tanta amargura había en esta exclamación, que Ambrosio, el dedicado, el pedaz i m í querido de! a anciana moribunda, salió corriendo como un loco en dirección del olivar de la vuente- Sauceda, cien pasos de la casa, y cuando volvió dijo á la agonizante: ¡Abuela, ha brotado! Ven y lo verás con tus ojos. Y en el mortuorio sillón llevaron á la viejecita junto á la tierra cercada de cañas, en cuyo centro asomaba un fresco cogollo de olivo, como una estrella gris y suave. -Verdad es, ¡oh Dios mío! Gracias por tu misericordia, Y la vieja dejó caer la cabeza hacia el hombro izquierdo y se quedó inerte, mirando al cielo con ojos que parecían de cristal. Murió de muerte dulce... ¡Milagro! -gritó la gente de fuera, que acudió á los clamores- -No es milagro, es caridad- -dijo Ambrosio, arrancando el tierno cogollo, que DUSO entre ¡ásmanos de la muerta. ¡Feliz ella, que se fué con su árbol! JOSÉ N O G A L E S DIBU. IOS r E EEniPOR