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y EL HUESO DE ACEITUNA A señora Claudia era ya muy viejecita: todas las mañanas salía á tomar el sol á su corral. Su hija, sus matos y algunas honradas vecinas la acompañaban. El corral estaba dividido en dos porciones por un alto tapial: la más próxima á la casa estaba destinada á criar flores; la otra porción, á criar gallinas. Las tenía excelentes, gordas y ponedoras, y el gallo, casi tan grande como un águila, era arrogante, majestuoso y tan atrevido, que amedrentaba á las mujeres con su fiero aleteo y sus espolazos. Cien veces rogaron á la señora Claudia que dejase plantar en el corral primero un buen árbol de sombra ó de fruto, y así no habría que entoldar, con mantas ó con esteras, el espacio de reposo cuando el sol picaba. Pero ella no lo consintió. Era á la vez terca y piadosa, y en sus mocedades estuvo para profesar en las monjas clarisas. -Si Nuestro Señor me da vida y oye mi ruego, ya os dejaré un árbol de cristiana sombra, en la que viváis en paz. Y esperando todos ese árbol de ignorada virtud, vivieron años y años en paz y concordia, como si la sombra de sus ramas ideales cobijase los destinos de la familia. Como avanzaba la vejez, la señora Claudia empezó á sentir hondas inquietudes, Sentada en su rústico sillón, miraba al aire como midiendo la extensión de una copa frondosa y santificante. Y murmuraba palabras incoherentes en que se traslucía un anhelo que, al realizarse, traeríala tranquilidad en el fiero trance de su muerte. Un día llamó á su nieto Ambrosio, y le dijo: -Hijo, me fío de ti, porque eres el pedazo más querido de mi corazón. Te puse el nombre del Santo Padre más querido de la Iglesia, y á él te encomendé. Ve á Piedras Albas, donde hallarás á Fray Jesús de la Buenaventura, uno de los Padres graves de Loreto, y dile que la hermana Claudia quiere que la oiga en confesión; que está muy vieja y no lo deje para otra vez. Y traes al Padre Jesús y al lego que le acompañe. En la noche del siguiente día llegó el Padre y habló largamente á solas con la anciana mujer. Al marcharse repitió no sé qué ofrecimiento. La anciana contó días, semanas y meses con extraña y terca puntualidad. Al cabo de unos siete de éstos, llamó á su nieto y le dijo: -Irás á Loreto y dirás al Padre Jesús de la Buenaventura: ha llegado el tiempo, y la hermana Claudia me envía para llevarle lo que habrá llegado por la mar; está más vieja, y sus piernas ya no le sirven Y traerás lo que te entregue, con tanto cuidado, como si fuese mi propio corazón. Fué Ambrosio, y al cabo de cinco días trajo el presente: un hueso de aceituna con una cruz grabada. ¡Alabado sea el Señor! Este es el árbol que yo esperaba. El os sacrificará, os fortaleceráy os dará